España trágica

La primera jornada de la moción de censura me encontró en Bolivia, viajando desde La Paz hasta Santa Cruz de la Sierra. No tenía wifi, pero tenía un libro, uno muy gordo, que escogí a sabiendas de que no me daría tiempo a terminarlo en mi largo viaje. Lo demás fue casualidad. Benito Pérez Galdós escribió cuarenta y seis Episodios Nacionales. Podría haber releído cualquiera de ellos, pero mientras Irene Montero se enzarzaba con Rajoy en el Congreso, avanzaba por el titulado, precisamente, España trágica. En 1909, para narrar la situación de interinidad en la que se hallaba nuestro país después del derrocamiento de Isabel II, mientras cada partido político apoyaba a su propio aspirante a la Corona, Galdós escribió esto:

Los federales de aquel tiempo, como todo partido español avanzado, padecían ya el mal de miopía, o sea el ver de cerca mejor que de lejos. Jamás apoyaban a sus afines; en estos veían el enemigo próximo, y cerraban contra él, descuidados del enemigo lejano, que era en verdad el más temible…” Ahora, mientras asistimos a la previsible ceremonia de autocomplacencia suscitada por el cuarenta aniversario de las primeras elecciones de nuestra democracia, como si nunca antes hubiera habido elecciones en este país, como si el actual estado de nuestras instituciones fuera digno de celebración, me permito recordar lo que pasaba en España en 1870. Exactamente lo mismo que pasa hoy, lo que me temo que seguirá pasando mañana. Galdós no se equivocó. Ojalá me equivoque yo.

Publicado en CadenaSer.com

Entre la decepción y la esperanza

Lo grave es que en la izquierda sigue habiendo más preocupación por el sorpasso que por el cambio. Por adelantar al otro cuando lo que urge es la regeneración

Esta semana se han cumplido 40 años desde que los españoles volvían a las urnas después de tres años de guerra y 38 de dictadura. Aquel 15 de junio de 1977 vislumbramos las primeras luces de la libertad tras recorrer un largo túnel. La incipiente democracia nos llenaba de una ilusión que se reflejó tanto en la alta participación como en la variedad de partidos que concurrieron a los comicios electorales.

Este 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas se presenta como un momento propicio para la retrospectiva y la perspectiva, lo que nos lleva a fluctuar entre la decepción y la esperanza.

Como resultado de la voluntad libre de los españoles, el 13 de julio de hace cuatro décadas se constituyó el Congreso democrático. En su Presidencia de edad, Dolores Ibárruri y Rafael Alberti simbolizaron la emoción del recuerdo de lo que las Cortes fueron durante la República. Después, la Constitución de 1978 rubricó la muerte del franquismo y marcó un cambio radical en nuestra historia.

Esta efeméride invita a refrescar la memoria de la Transición, sin panegíricos ni libelos, criticada por algunos a toro pasado, valorada por quienes la vivimos, pues costó cárcel y muertos. Su método fue la reforma y el resultado fue la ruptura, el paso de una dictadura a una democracia que sirvió para poner las bases de un incipiente Estado de Bienestar, si bien con las insuficiencias derivadas de la relación de fuerzas, las hipotecas heredadas, y de las oligarquías que mantuvieron el poder económico, silenciaron la memoria republicana e impusieron un modelo electoral cuasi mayoritario, la forma monárquica del Estado, su sesgada definición aconfesional o la vinculación atlántica.

Sin embargo, las limitaciones no fueron tanto de origen como lo han sido de ejercicio. Sucesivos gobiernos de la izquierda se empeñaron en gobernar en el centro o en el pacto con la derecha nacionalista, cuando no en alternancia con la derecha. Sólo así se entiende el carácter de nuestro modelo fiscal, la construcción titubeante del Estado del medio estar, las deudas con la memoria histórica o el renacido conflicto territorial. Y ha bastado que la derecha gobierne en dos periodos intermitentes para que a las insuficiencias se sumasen retrocesos en materia social, en derechos y libertades o conflictos como el judicial con motivo de los casos de corrupción.

La indignación propiciada derivó en la movilización del 15-M, que puso encima de la mesa el malestar de la crisis económica y también de décadas de bipartidismo y de reparto, bloqueo y degradación de las instituciones y de la democracia, con su corolario de corrupción. Un diagnóstico que sigue vigente junto a sus mensajes sobre la necesidad de cambio social, regeneración, avance hacia una democracia mucho más participativa, diálogo político y territorial.

Desde entonces, el bipartidismo ha sido sustituido por la pluralidad parlamentaria y dos tercios de la población recibieron aire fresco con los Ayuntamientos del Cambio. Pero el Gobierno de España y su aparato de poder siguen de forma mayoritaria en manos de la derecha. Ecos de esperanza y decepción.

Aún sigo preguntándome por qué, cuando el pluralismo ha irrumpido con claridad en el arco parlamentario, el PP gobierna con más comodidad de la esperada, el respaldo de algunas fuerzas subordinadas de la derecha y disfrutando del espectáculo de una izquierda dividida, incapaz no sólo de una alternativa de gobierno, sino de una eficiente labor de resistencia y oposición. La presente legislatura ha demostrado que España no se gobierna desde el Parlamento: una ilusión que no era más que un mito.

Porque desde el 20-D y el 26-J hemos pasado del bloqueo a la degradación en todos los órdenes. Y lo grave es que en la izquierda sigue habiendo más preocupación por el sorpasso que por el cambio. Por adelantar al otro cuando lo que urge es la regeneración. Si algo ha quedado claro en el último año y medio es que la actual metamorfosis del sistema de partidos imposibilita el triunfo de las fuerzas de progreso en el estado de división en que se encuentran. Se difumina la esperanza de una recuperación paulatina de lo perdido con la austeridad y los recortes.

Es muy irresponsable subestimar las dos amenazas que se ciernen sobre nuestra democracia: el malestar social y la desconfianza en las instituciones. Quienes no nos resignamos al cambio, llamamos a atajar dichas amenazas revirtiendo los recortes sociales, fortaleciendo el Estado de bienestar y recuperando el prestigio de las instituciones democráticas. Con esa preocupación decidimos dar vida a Actúa, un nuevo espacio de reflexión y de acción, promovido por personas de acreditada trayectoria y solvencia como Baltasar Garzón, José Antonio Martín Pallín, Teresa Aranguren, Federico Mayor Zaragoza, Montserrat Muñoz, Carlos Berzosa y Cristina Almeida. Un espacio que ahora busca la adhesión de todas aquellas fuerzas políticas, movimientos sociales y sindicales y aquellas gentes que comparten estas preocupaciones y la esperanza porque existen las fórmulas posibles.

Frente a un escenario de consolidación del PP y de sus políticas de recortes, privatizaciones, endeudamiento, crispación política, deterioro institucional y corrupción sistémica, para Actúa es prioritario un acuerdo de mínimos de máxima urgencia entre las fuerzas del cambio. Hay que desalojar al PP y aplicar medidas sociales y de regeneración democrática. Actúa no nace para dividir, nace para contribuir al diálogo y al acuerdo político; para sentar las bases programáticas de la regeneración y el cambio, a adoptar medidas sociales impostergables; para promover la renovación seria de la política y de los partidos; para dinamizar una cultura crítica y de solidaridad. Para que la ilusión del cambio no se trueque en decepción, proponemos la puesta en común de lo que nos une y dejar las discrepancias a un lado, saliendo al paso del sectarismo y olvidando antiguas rencillas.

Porque mantenemos la esperanza, creemos que no es ilusorio pensar en la construcción paciente de una verdadera moción de censura para un gobierno de regeneración y cambio que se imponga a la lógica polarizada de los viejos y los nuevos partidos, de sus líneas rojas, pulsos y sorpassos. No nos resignamos a la frustración y apostamos por una nueva fase en la que se imponga la colaboración. Sólo así acabaremos con la pesadilla actual y trasladaremos la pluralidad volcada en las urnas a una opción de gobierno regeneradora.

Ojalá que la moción de censura presentada, debatida y fracasada estos días hubiese salido adelante. Pero sabíamos de su precariedad ante la falta de un trabajo previo con aquellas fuerzas que habrían de apoyarla. El pacto de una candidata o candidato de consenso y de un programa de mínimos era fundamental. Hemos asistido a una puesta en escena que sí ha servido para el debate y para recordar que estamos ante un PP enfangado de corrupción y despreocupado por la desigualdad y las carencias sociales, pero también para constatar su fortaleza a pesar de gobernar en minoría.

Toca ahora dialogar y renunciar a protagonismos absolutos si lo que nos preocupa a todos –salvo al PP– es el cambio urgente. ¿Otra moción de censura? Vale. Pero aseguremos su éxito llegando a ella con los deberes hechos.

Publicado en Eldiario.es

Aquellas elecciones de 1977

Esta semana se han cumplido 40 años de las elecciones democráticas de 1977. No me gusta utilizar el estribillo de “primeras elecciones”, porque en España hubo democracia entre 1931 y 1936, algo que muchos medios de información tienden a olvidar como si ese periodo no formarse parte de nuestra historia.
Ay…, pasan los años y pasa la historia sobre las vidas personales y las naciones. A veces la historia pasa con más rapidez que los años y a veces los años corren mucho más que la historia. En medio de estas contradicciones, que son bromas del tiempo, el ser humano procura orientarse. Somos un esfuerzo permanente de orientación.
Baudelaire lo escribió en Las flores del mal. El París que lo había hecho a su imagen y semejanza se había deshecho antes que él. Así que el poeta estaba huérfano, condenado al vacío entre el paso de los años y de la historia. Si la paralización del tiempo es un peligro y resulta incompatible con el deseo, la velocidad nos condena al diálogo con los lugares desaparecidos. Uno mismo puede ser un lugar desaparecido
El tiempo y la historia han pasado sobre el estudiante universitario que yo era cuando se convocaron las elecciones de junio de 1977. También han pasado sobre España. Pero el ayer forma parte del presente porque las personas y las naciones necesitan orientarse, establecer una negociación y una coherencia que ordene su pasado y su futuro.

No es extraño que los debates provocados por los cambios políticos de los últimos años hayan vuelto sus ojos a la Transición. Hay quien la sacraliza como un marco perfecto de acuerdos; hay quien la considera un nido de fracasos y traiciones. Las coyunturas imponen ideas rápidas sobre el pasado e impiden una reflexión seria.

Como mi dedicación laboral es la Historia de la Literatura, estoy acostumbrado a vivir los procesos de la sociedad española a través de los libros. Lo que pasó en España en 1977 estaba ya fraguándose en escena recogidas por el teatro de Buero Vallejo, la narrativa de Max Aux y Francisco Ayala o la poesía de Ángel González y Gil de Biedma en los años 60. El paso del subdesarrollo al consumo del capitalismo avanzado necesitaba una modernización que sacase a España de la autarquía franquista.

Aunque la democracia era una prioridad para todos los que sufrían una dictadura asfixiante, había dos posibilidades enfrentadas. El movimiento obrero y estudiantil buscaba una democracia transformadora de calado social; las élites económicas del franquismo intentaban perpetuarse y conectar con el capitalismo europeo a cambio de renunciar a algunos de sus privilegios. Ganaron las élites bajo la metáfora de la monarquía.

En la historia hay traidores y héroes, pero sus movimientos no se deben a la traición y al heroísmo, sino a las correlaciones de fuerzas. Convertir la Transición en un fracaso completo es tan injusto como situarla en un espacio sagrado, sin deficiencias y contradicciones. Estas posturas fáciles sólo son posibles en un desconocimiento inocente o interesado de la historia. Una democracia con injusticias heredadas del franquismo no es lo mismo que el franquismo. Tampoco es un ejemplo que deba perpetuarse como único marco real para España.

En los debates culturales, los partidarios de la ruptura suelen identificar la alternativa a la Transición con fenómenos antisistema, como el uso de las drogas, la exaltación del irracionalismo, las pintadas callejeras y el culto a la enfermedad. Suelen pasar desapercibidas otras batallas más profundas, que yo viví en los años 80, como la defensa de Benito Pérez Galdós frente a los que querían acabar con la novela realista de calado social, o la reivindicación de Blas de Otero frente a los que pensaban que integrarse en la modernidad europea suponía defender la inspiración y el estilo frente al compromiso, o la escritura de una versión de la guerra civil que no se basase en la equidistancia, esa idea de que todos fueron lo mismo de malos tan útil para justificar la bondad borbónica sin exigirle responsabilidades a nadie y sin el justo amparo de las víctimas. Ahí se estaban dando las verdaderas batallas culturales, aunque no ocupasen un lugar vistoso en el ruido de la contracultura.

A 40 años vista, sólo me atrevo a apuntar 4 ideas en mi agenda íntima de orientaciones para situarme en la velocidad y la lentitud o en el paso del tiempo y de la historia:

1.- El orgullo de los márgenes puede ser una consecuencia de la derrota, pero no una aspiración de vida. La batalla está en el punto de vista con el que se interpretan los centros, no en la leyenda antisistema de los márgenes.

2.- Se equivocan siempre los viejos cuando intentan negar la nueva realidad de la juventud.

3.- Resultan muy poco de fiar los jóvenes que no guardan ningún respeto por la herencia de sus mayores.

4.- A mí me pasa con el comunismo español igual que a Baudelaire con París: me hizo y se ha deshecho antes que yo.

Propuesta de mínimos para… ¿otra moción?

Junio de 2017, Rajoy sigue siendo presidente del Gobierno. ¿Por qué? ¿Por qué el presidente del partido con más corruptos de Europa es también el presidente del Gobierno de España, incluso después de someterse a una moción de censura, la tercera de la democracia?

Los errores reiterados tras el largo ciclo electoral que vivimos entre 2015 y 2016 frustraron una posibilidad real de arrebatarle el gobierno al Partido Popular. Entre dimes y diretes, entre disputas internas, vetos a otros por no ser suficientemente de una cosa o de la otra, Rajoy sigue gobernando. Y lo hace careciendo de la legitimidad ética que ha de ser consustancial al ejercicio de la gestión pública. Al menos, eso sí lo ha puesto sobre la mesa el debate sobre la fallida moción.

Es evidente que las políticas neoliberales nos han llevado al empobrecimiento generalizado de la sociedad, a precarizar el trabajo, retroceder en derechos y libertades, a deteriorar o hacer desaparecer servicios sociales esenciales, a ignorar la necesidad de hacer más sostenible nuestra economía y nuestro sistema productivo y de consumo, a postergar el avance en la lucha contra la lacra del machismo. Se han olvidado del diálogo territorial dejando en manos de la justicia lo que habría de resolver la política. Han atado las manos a las administraciones locales.

Todo lo anterior es una realidad, grave en sí misma, como lo es que la economía de las grandes cifras haya vuelto a crecer a costa del sacrificio colectivo de las mayorías sociales que hoy están en mucho peores condiciones que antes de la crisis-estafa cuya excusa sirvió para endurecer las políticas de austeridad y los recortes a machete. Además, el conjunto se agrava cuando se ha hecho a costa de denostar nuestra democracia en la dirección contraria al avance y progreso de la misma: hoy podemos afirmar que vivimos bajo una democracia de bajo perfil, una pseudodemocracia.

Es así cuando se gobierna en favor de los mercados, la banca y las grandes fortunas. Cuando se gobierna arrebatando a la ciudadanía sus libertades y derechos. Es así cuando el Estado no persigue mejorar la vida de los ciudadanos. Si añadimos a todo esto el funcionamiento corrupto del partido que gobierna, que se lucra gracias al ejercicio de actividades públicas, que privatiza y concede conciertos a sus redes de amiguetes, que evade impuestos y que controla y manipula la justicia, ¿qué nos queda?

Los escándalos relacionados con el Gobierno se vienen sucediendo en los últimos años y acelerándose en los últimos meses. Es sin duda un escándalo y una vergüenza lo que sucedió hace sólo unas semanas y cómo se gestionó por el propio fiscal jefe Anticorrupción, que no informó al fiscal general del Estado de su participación como coprietario de una sociedad en Panamá. Pero es que el propio fiscal general del Estado hizo oídos sordos, por la conveniencia sin duda del nombramiento, de las informaciones relativas a las escuchas telefónicas en las que aparecía como el fiscal preferido para el puesto de algunos corruptos. El propio Rajoy aludió al respaldo y confianza que le otorgaba.

Recordemos una vez más que esto no es el guión de una película de Scorsese, sucede en la España de 2017, en la que el presidente se pudo fumar tranquilo un puro después de salir airoso de una moción de censura votada, una vez conocida una larga lista de escándalos (y la que si intuye que otros tantos irán alargando).

Tampoco son simples anécdotas, son consecuencia de las acciones de un Gobierno que hace y deshace en instituciones que deben ser independientes. Y están otros abusos, como el que supuso el nombramiento del fiscal jefe Anticorrupción, abusos por desgracia habituales basados en conveniencias, amiguismos… ¿En serio no es suficiente para decir basta?

La única manera de que nuestro país vuelva a emprender la senda del progreso democrático es echarles del poder.

Es aquí donde entra la responsabilidad de los partidos de la oposición, que han fallado a la gente que les votó. Mayoritariamente las urnas clamaron dos veces por el cambio. Es verdad que no dijeron claramente que gobiernen las izquierdas o las fuerzas de progreso. Sí dijeron que gobierne la regeneración. “Lo que hay, no nos vale. Poneros de acuerdo para frenar este despropósito del Partido Popular, que maneja este país como su feudo y nos lleva sin frenos a estamparnos”. Así lo entendimos nosotros y seguimos entendiéndolo.

Muchas de las personas que firmamos el llamamiento de Actúa lo venimos repitiendo desde hace más de un año: Nos sentimos huérfanos y abandonados por una clase política que es incapaz de dar respuesta a la demanda ciudadana. Consideramos que ya hemos llegado al límite, que el vaso ha rebosado.

El pasado sábado, en Madrid, volvimos a propone a las fuerzas de la oposición un acuerdo de mínimos para cambiar el gobierno. Algunas de las cosas que escuchamos durante el debate de la moción fallida nos hacen mantener viva la esperanza de que así sea en breve. Otras, no tanto.

¿Con una nueva moción de censura? Por supuesto que la fórmula es válida. Pero ha de ser una moción trabajada, dialogada, que más que un efecto mediático persiga con honestidad lograr que una alternativa regeneradora sustituya a la que hoy gobierna añorando tiempos no tan lejanos en los que la democracia era un sueño para muchos.

Por todo ello, ponemos a disposición de los partidos nuestra Propuesta de Mínimos, elaborada, discutida y consensuada entre las gentes diversas y plurales que participamos en Actúa. Consideramos que su contenido es asumible como programa básico para desbancar al PP. O, al menos, que sirva como punto de partida para el diálogo.

Somos conscientes de que no hay soluciones fáciles, pero somos más conscientes aún de que la situación es escandalosamente deplorable y por lo tanto urgente su transformación. Sólo pasando a la acción pondremos cordura al sinsentido que vivimos.

Tememos por el futuro de nuestro país, sí, por eso llamamos a tomar las riendas del presente. Como hace 40 años, cuando volvimos a las urnas con alegría y esperanza después de otros 40 de historia negra, toca avanzar. Toca recomponer la democracia, fortalecerla y hacerla digna del momento que vivimos. Toca cambio y toca ya.

___________________

Federico Mayor Zaragoza, José Antonio Martín Pallín, Baltasar Garzón y Gaspar Llamazares son promotores de la plataforma Actúa.

Publicada en InfoLibre.es

 

Sin futuro

“Los hijos y nietos de inmigrantes de origen musulmán no tienen un céntimo ni perspectivas de ganarlo. Hasta que un día, en Internet, encuentran emoción, una ilusión, la oportunidad de hacer algo, de ser útiles, de convertirse en héroes.”

La política exterior de Donald Trump comienza a dar fruto. El último, los trece muertos y más de cuarenta heridos que ha dejado el atentado de Teherán, capital de un país musulmán libre hasta ahora de la violencia de ISIS. No hace falta ser un experto para relacionar esta masacre con el aislamiento que Arabia Saudí y sus aliados han impuesto a Qatar, amigo de Irán al que acusan de promover el terrorismo yihadista.

Mientras tanto, en Europa los jóvenes siguen sin ver el futuro. En los barrios periféricos, los hijos y nietos de inmigrantes de origen musulmán no tienen un céntimo ni perspectivas de ganarlo. Fracasaron en la escuela, nunca consiguieron un trabajo, a nadie le importó. Se pasan los días tirados en un sofá, jugando con una videoconsola, saliendo sólo cuando sus padres les dan dinero, igual que a los doce años. Hasta que un día, en Internet, encuentran emoción, una ilusión, la oferta de una organización para la que sí son importantes, la oportunidad de hacer algo, de ser útiles, de convertirse en héroes. ¿Cómo no van a radicalizarse? Mientras Trump y May, líderes de toda esa gente que les ha despreciado desde que nacieron, incrementen el odio y la violencia de sus discursos, será cada vez peor. ¿De verdad es tan difícil entenderlo? Los yihadistas ya no necesitan órdenes, instrucciones, ni siquiera armas de fuego. Matan por su cuenta, con lo que tienen a mano y afrontan el suicidio con alegría porque la vida no les ofrece nada. Las únicas armas capaces de derrotar al ISIS serían la justicia y la esperanza. Parece que su victoria está asegurada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Actúa

ACEPTAR
Aviso de cookies