Decoro

Estoy segura de que no es la primera vez que recurro a esta palabra para titular una columna. También habré usado el término vergüenza, y todos sus derivados, demasiadas veces, pero no es culpa mía. No existe vocabulario capaz de soportar la actualidad, sobre todo para quien ha nacido y sigue viviendo en Madrid. Aquí siempre hemos sabido que respirábamos la atmósfera más podrida de España, que nuestros pies chapoteaban en el barro pestilente de lo peor, pero nuestra capacidad de asombro no se agota. No voy a criticar la libertad bajo fianza de Granados porque mis conocimientos no me lo permiten, pero sí quiero dejar constancia del profundo escándalo —otra palabra que, a fuerza de escribirla, ha perdido ya sus aristas y me parece tan roma como un canto rodado— que me han inspirado sus declaraciones. La escenografía de las imágenes que he visto, el gesto respetuoso de Eduardo Inda, el tono de prócer del expresidiario, superan las potencias de mi imaginación. Eso, antes de oírle hablar del tamayazo, del millón de euros que se dejó olvidado en casa de su suegro al hacer la mudanza, el lastimoso acento con el que arguyó que su única propiedad es un dúplex de 50 metros por planta. A continuación, presuntos periodistas del cariz del entrevistador de Granados, han analizado sus palabras en tertulias presuntamente serias, que se presumen políticas, para cerrar el círculo de lo indecoroso. Les confieso que ya no sé qué es peor, si el delito, la fianza, la entrevista o su exégesis, pero les aseguro que hablo en serio al afirmar que el tono exculpatorio, calculadamente trivial, de propagandistas como Marhuenda me sofoca más que la ola de calor. A este paso, llegará el frío y seguirá siendo imposible respirar en España.

Publicado en ElPaís.es

Teléfono escacharrado

Si yo sé leer, el fundamento de la sentencia es de carácter moral, no económico. Si el ministro de Hacienda lee tan bien como yo, y estoy segurísima de que así es, se habrá dado cuenta igual de deprisa.

Es la técnica de ese juego infantil que se llama el teléfono escacharrado. La sentencia del Tribunal Constitucional que ha anulado por unanimidad la amnistía fiscal impulsada por el gobierno de Rajoy en 2012, considera que dicha medida legitimó a los defraudadores, situándolos en una posición más favorable que la de los contribuyentes que habían pagado en plazo y sin hacer trampas. Todos los expertos lo advirtieron antes de que entrara en vigor, como concluyeron después que su desarrollo había resultado un fracaso. Ese, y sólo ese, es el mensaje al que debería haber respondido Cristóbal Montoro en su comparecencia en el Congreso.

Sin embargo, el ministro, al igual que los niños que juegan a transmitir en un susurro lo que les han susurrado al oído, se ha escudado en la crisis económica y en el fantasma del rescate para justificar su amnistía. Esa no era la pregunta. Si yo sé leer, el fundamento de la sentencia es de carácter moral, no económico. Si el ministro de Hacienda lee tan bien como yo, y estoy segurísima de que así es, se habrá dado cuenta igual de deprisa. Pero ha decidido jugar al teléfono escacharrado con los representantes de la soberanía nacional, y éstos no han hallado la manera de impedírselo. Mientras se tolere esta práctica, las comparecencias, lejos de poner a los ministros cuestionados en un aprieto, les seguirán ofreciendo un altavoz para difundir versiones como la que el señor Montoro ha elaborado con argumentos demagógicos e indiscutiblemente populistas. Y así, el remedio puede llegar a ser peor que la enfermedad.

Publicado en InfoLibre.es

Adán y Eva refugiados

En el Campo de Refugiados ha empezado a llover. Por detrás de las alambradas se oye a los perros ladrar en los camiones. Los soldados turcos dejan las marcas de sus huellas en la tierra húmeda.

La lluvia que suaviza el calor trae también el barro. Las nubes parecen detenidas, no pueden seguir adelante, no van a llegar a Europa, se deshacen sobre el Campo de Refugiados.
Más vale no pensar, no decir ayer o mañana, no sentir. Más vale no esperar.
Las leyes se han quedado sin idioma. Las letras no pueden componer un argumento.

Hay muchos ojos que miran la lluvia, y oyen la lluvia, y oyen las ruedas, y oyen cada vez más apagado el ladrido de los perros.

Los ojos de la niña huérfana que perdió a su madre en el mar. Huían de la violencia de la guerra, pero sufrieron las condiciones de un viaje asesino y de unas leyes con espinas.

Los ojos del viudo que dejó el cadáver de su mujer en una ciudad desconocida.

Los ojos de la anciana que teje un pañuelo de pérdidas en su memoria. Tanto pensar en el porvenir, tanto trabajo, y todo se ha ido por un hueco de un televisor. Todo es frágil y sucio como el agua de un charco. Una casa, una ciudad, un país, una idea del tiempo.

¿Qué queda después del fracaso de los tratados, después del óxido de las razones? ¿Quién escribe? ¿Quién edifica algo que no vaya a desaparecer en las uñas del mono?

De pronto sale una pareja y se pone a caminar a través de la lluvia y de la noche en el Campo de Refugiados. Los dos se paran en la plaza que conforman las tiendas. Se miran a los ojos y empiezan a desnudarse.

Merece la pena buscar el desnudo, recordar el cuerpo que somos.

Ella se quita el impermeable, la camisa, la falda, la ropa interior. Siente que el cielo se rompe sobre sus hombros.

Él se quita la chaqueta, los pantalones sucios, los zapatos mojados. Siente que la tierra se abre bajo las plantas de sus pies.

Ahí están los cuerpos. Sus desnudos cruzan los siglos, los mares, los documentos, las fronteras, la palabra civilización, los aniversarios y ese trueno que alarma a los vigilantes y a las víctimas en el Campo de Refugiados.

Sus desnudos cruzan todas las constituciones, todos los altares, todos los sentimientos de concordia, todas las mentiras, todas las culturas, todo el arte abstracto y todas las sastrerías que han cortado trajes y uniformes para ocultar el sexo.

Sus desnudos llegan hasta el origen del mundo y se ponen a llorar.

Hay muchos ojos que miran. Los ojos del enfermo, de la madre recién parida y de los policías de guardia. Los ojos ciegos de la Historia.

Sobre la piel del hombre y la mujer arde la luz de un reflector.

Publicado en InfoLbre.es

Goya, la moderación y los extremismos

Durante siglos, nuestro país ha sufrido continuos altibajos en los ámbitos de libertades, derechos humanos, protección de los más débiles y, en definitiva, funcionamiento democrático de las instituciones que canalizan la acción de quienes nos gobiernan. Bien pudiera decirse que las épocas de bienestar y un funcionamiento político y social aceptable han sido las menos en nuestra historia.

Durante los siglos XVIII, XIX y XX, las asonadas de los poderes económicos y de la Iglesia, defensores de los privilegios, se encargaron de silenciar cualquier forma de lucha por las libertades y por la igualdad. Los gritos provenientes de la revolución francesa de Libertad, Igualdad y Fraternidad fueron asumidos por algunas mentes de nuestro país, pero la parte más conservadora y rancia de la sociedad se encargó de acallar toda idea moderna y progresista.

El librepensador Francisco de Goya, debido a sus ideas progresistas, penó y vivió atemorizado, amenazado por la pena de cárcel y vigilado por quienes defendían el poder absolutista del rey Fernando VII. Finalmente hubo de exiliarse, al igual que algo más de un siglo después tuvieron que hacer miles de españoles, defensores del orden legal establecido por la II República, huyendo de la barbarie fascista. El intento de aquellas mentes avanzadas del siglo XIX pronto cayó en lo más oscuro y en el silencio más atroz.

En pleno siglo XX, un nuevo intento liberizador y progresista se topó contra el muro de los herederos de tan rancio y eclesiástico absolutismo, férreos defensores de privilegios históricos, cercenando otro intento de acercarnos al pensamiento más avanzado de la vieja Europa. Contó para ello con el apoyo de los fascismos, que se iban fortaleciendo en el viejo continente.

Tras cuarenta años de dictadura, con el franquismo acurrucado en sus cuarteles de invierno, se inició otra ofensiva de apertura política y regeneradora, con la vista puesta en lo que se intentó previamente al golpe militar durante la II República. Una vez más, no pudo ser. Los avances conseguidos durante los años posteriores a la aprobación de la nueva Constitución en materia de derechos sociales y humanos, libertades, regeneración política, leyes laborales, Justicia Universal o Memoria Histórica se han ido desmoronando poco a poco. Esta vez no ha sido necesario un golpe de estado cruento, como ocurriera en los siglos XIX y XX. Los métodos de los que se han valido las fuerzas herederas del franquismo para mantener sus privilegios, han lastrado todo avance en materia de libertades y derechos sociales, aumentando los niveles de pobreza y de precariedad y, lo que es peor, dilapidando la fuerza que los trabajadores habían ido conquistando, con sus partidos y sindicatos a la cabeza.

Vivimos hoy en una España adocenada que sólo parece reaccionar ante las figuras más emblemáticas de los programas televisivos y de los deportes de masas, con una mayoría de la población que empieza a temblar ante el anuncio de una nueva restructuración de plantilla, pero que no conserva ningún ánimo de lucha. Quienes hoy gobiernan lo han hecho tan bien y su trabajo es ha sido tan eficaz que incluso han conseguido que buena parte de sus votantes procedan de la población más afectada por sus malas políticas, votos que incluso quieren utilizar como respaldo de sus actuaciones corruptas frente a la Justicia.

Quienes gobiernan hoy controlan los medios de comunicación, hacen leyes a su medida, reformas laborales que quitan derechos a las clases trabajadoras, y acallan cualquier intento de protesta y defensa de valores democráticos en clara decadencia. Las fuerzas de los privilegiados han ido manipulando los estamentos más altos del poder judicial, eliminando cualquier elemento hostil para conseguir una Justicia a su medida. Así, la corrupción, enquistada en lo más profundo de nuestra sociedad durante siglos, ha explosionado a niveles jamás vistos en los últimos años. Sin embargo, la impunidad manifiesta se ha apoderado de la sociedad, que parece verla como algo inevitable, es aceptada y asumida.

En paralelo a lo anterior, las desigualdades han crecido al mismo ritmo que los índices de pobreza. El exilio de miles de jóvenes, los mejor preparados, anulan cualquier intento de recuperación a corto plazo de un mercado laboral condenado al sector turístico y de servicios.

La vida pública y la política actuales han quedado vacías de contenido, al mover el campo de la discusión y del debate al ámbito de la Justicia, que debería emplearse en sus verdaderas funciones. El discurso suena vacío y hueco a una ciudadanía que sólo está llamada a opinar cada cuatro años, y a la que luego se abandona en su desesperación, frustrando toda expectativa e ilusión por el cambio.

Hace pocos días escuché al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, pedir moderación y evitar los extremismos. Me hubiera gustado que esas palabras hubiesen ido dirigidas a su propio partido, dado que es una persona que suele hablar entre líneas, con mensajes indescifrables que a muchos nos cuesta entender. Porque somos muchos quienes pensamos que el PP es el partido menos moderado y más extremista de los que forman el arco parlamentario y extraparlamentario en la actualidad. Me hubiera gustado que Rajoy pidiese moderación a los suyos en el asalto a los caudales públicos y en el deterioro de los servicios sociales, porque la situación se hace ya insostenible para su partido. Que hubiese pedido a los suyos limitar su extremismo en el control de los órganos de poder que no les pertenecen, como es la judicatura, y que demuestran al negarse a todo tipo de diálogo con la oposición, con las comunidades autónomas y con los ayuntamientos donde no gobiernan. Sí, por favor, más moderación y menos extremismo en sus comportamientos.

Pero Rajoy no lo va a hacer, él encabeza la serie catastrófica de desmanes del PP porque encabeza el Gobierno. Por eso al resto nos toca pedir a ese partido que se comporte de forma similar a la de otros partidos conservadores de Europa.

Llegados a esta situación, me pregunto qué haría aquel Goya defensor de las ideas liberalizadoras y de progreso. ¿Se volvería a exiliar? ¿No le habrían amenazado y expulsado de nuevo los mismos de siempre? Sinceramente, creo que hoy estaría también pintando escenas tenebristas y aplaudiría la petición de moderación y de no extremismo al PP.

No hay soluciones definitivas, sobre todo porque la situación es escandalosamente deplorable. Quienes pensamos que el cambio es aún posible, tan solo nos queda actuar. Unir nuestras mentes y esfuerzos para cambiar poco a poco el rumbo; ahí reside hoy la genialidad. Es bien sabido, con la correlación de fuerzas existente, que ningún grupo o partido podrá conseguirlo por sí solo actuando aisladamente. Hemos de unirnos todos aquellos que compartamos la idea de que no es el destino de nuestro país el que nos han diseñado a conciencia quienes llevan demasiado tiempo gobernando. Somos más los que deseamos el cambio que los que no lo desean y eso nos dará la fuerza y la razón para hacer posible este objetivo.

Precisamente, Actúa plantea un camino para el inicio de ese cambio mediante el diálogo, el debate y la acción política. Es necesaria la fuerza que propiciará la unidad de todas las personas y organizaciones que aún conservan la esperanza y las ganas de luchar contra la situación actual. Eso, o rendirse al neoliberalismo más feroz y carente de principios.


Ángel Viviente Core, Coordinador General de Convocatoria Cívica y promotor de la plataforma Actúa.

Publicado en NuevaTribuna es

Incendio en Portugal: una vez más, desprevenidos

Es apremiante un nuevo concepto de seguridad. Disponemos de todos los artilugios para la guerra y carecemos de lo más elemental para la paz: incapaces de cuidar como se merecen los bosques y las tierras, con número insuficiente de bomberos especializados, sin la capacidad de reacción inmediata por parte de los aviones y demás equipos necesarios para sofocar rápidamente las llamas… pero eso sí, no sólo tenemos cazabombarderos a manta, sino que todavía se comete el disparate –no aprobados todavía los presupuestos en el Parlamento- de adquirir nuevos aparatos de guerra.
Hay que reaccionar. No podemos seguir distraídos. Tenemos que poner en nuestros móviles un ¡NO! rotundo a la forma en que se sigue gobernando, con un concepto de seguridad (http://federicomayor.blogspot.com.es/2016/08/urgente-un-nuevo-concepto-de-seguridad_29.html )que sólo garantiza la salvaguardia de fronteras y territorios pero no se ocupa en absoluto de lo único que importa: los seres humanos que los habitan.
Los cambios radicales no se producirán desde arriba, está claro, ni por un mundo gobernado por los grupos plutocráticos. Sólo se conseguirá por la voz de “Nosotros, los pueblos”, como tan lúcidamente proclama la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas.

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