Se llama 1 de mayo

La tragicomedia que hemos vivido estos días en Madrid es una explicación sencilla de lo que está ocurriendo en España y en el mundo. Unos cuantos individuos, que ponen en duda la eficacia de lo público en sus programas de gobierno y que exigen sacrificios graves a los trabajadores, se aprovechan con una eficacia mafiosa de los bienes del Estado para acumular grandes sumas de dinero. Esta operación, que empobrece a las mayorías para concentrar la riqueza en unas cuantas manos, se puede hacer de forma legal o de un modo delictivo. Son las dos caras del hampa neoliberal.
El modo delictivo consiste en el arte de la apropiación indebida por medio de la prevaricación, el cohecho, el blanqueo, el fraude, la estafa y el hurto. El PP ha configurado un minucioso manual del buen corrupto –que se sepa por ahora– en Madrid, Valencia, Murcia y Baleares. Me temo que su poco interés por Cataluña tiene que ver con las dificultades de negocio turbio en aquella tierra, ocupada ya por Convergencia, la familia y sus propios corruptos. La actuación mafiosa descompone el sistema y degrada el Estado cuando, junto al robo, se invaden los terrenos de la Justicia y de la policía para encubrir a los amigos. “Aquí no hay mañana ni esperanza posible”, dice el verso negativo de García Lorca.

El modo legal necesita de la política en un sentido más sonriente. Se trata de que el partido del Gobierno deje de representar los intereses de la ciudadanía y se ponga al servicio de las élites económicas a la hora de aprobar leyes y de aplicar los presupuestos. Puede convertirse así la sanidad pública en un negocio privado, la educación pública en un negocio privado, la economía pública en un negocio privado. Pueden establecerse normas y prácticas para favorecer a las grandes empresas de la energía o la telefonía, a las grandes empresas dedicadas a las obras públicas y a las grandes entidades financieras.

Y, sobre todo, pueden liquidarse los derechos laborales de los trabajadores hasta inventar una nueva forma de esclavitud y miedo. Vamos “a sudores sin fruto”, dice aquí el verso negativo de García Lorca. Los salarios son tan precarios que el puesto de trabajo ni siquiera sirve para salir de la pobreza. El PP ha configurado también un minucioso manual del buen explotador legal. ¡Todo el poder para los grandes ejecutivos que acumulan beneficios! El aumento de la desigualdad es incluso más grave para la convivencia democrática y la cohesión social que la descomposición de las instituciones del Estado.Luego está la perversión ideológica de la educación (no formar personas, sino crear mano de obra barata), de la cultura (sustituir la imaginación moral por el entretenimiento zafio) y del vocabulario (manipulación de palabras como libertad, igualdad, progreso, derecho y humano).

Estos procesos, es verdad, se dan en todo el mundo. Pero ocurre que el PP los ha impuesto de manera concentrada y escandalosa en España al convertir al partido del gobierno, según los propios jueces, en una asociación para el crimen organizado. Con la ayuda del jefe y de algún fiscal, los corruptos no dimiten o tardan siglos en irse, pudiendo así dimitir a medias 3 o 4 veces. Somos el mayor pozo de petróleo de la avaricia neoliberal.

La sustitución de la economía productiva por la especulación ha dañado en todas partes la fuerza del trabajo. Pero el PP se ha lanzado aquí a recuperar los privilegios de las élites económicas del franquismo. Ha debilitado los convenios laborales, ha penalizado el derecho de huelga y ha movido grandes campañas de desprestigio contra los sindicatos. La derecha suele dar fama de inútil a todo lo que quiere inutilizar, ya sea un sindicato o ya sea el poder de regulador del Estado.

Las cosas han llegado a tal extremo que es imprescindible actuar ya. La sociedad civil española, que votó dividida, pero mayoritariamente en contra de Mariano Rajoy, necesita unirse para censurar los comportamientos mafiosos y la desmedida explotación legal que caracterizan desde los tiempos de Aznar la gestión del PP. Y debe tomar conciencia de que la dignificación democrática empieza por el mundo del trabajo como generador de ciudadanía e igualdad.

El primer gran paso de censura social contra este Gobierno se llama 1 de mayo.

Yo también pido la palabra por la educación

La SAME 2017 tiene un lema que debemos procurar retener a lo largo del año para nuestro comportamiento cotidiano: “Pido la palabra por la educación”.
Es cierto que únicamente seres educados, es decir “libres y responsables”, como magistralmente los define el artículo 1º de la Constitución de la UNESCO, serán capaces -en estos momentos históricos en que si no rectificamos las tendencias actuales podrían alcanzarse punto de no retorno- de adoptar las medidas adecuadas y oportunas para que nuestro legado a las generaciones venideras no sea el de una Tierra deteriorada, de una habitabilidad reducida.
Educación para actuar a tiempo, para ser y no para tener. Educación para ejercer plenamente las facultades distintivas de la especie humana (pensar, imaginar anticiparse, ¡crear!) que son nuestra esperanza. Cada ser humano único capaz de inventar el mañana y demostrar que muchos imposibles hoy pueden convertirse en realidad.
¿Educación por quién? Por los progenitores, por los maestros, por los medios de comunicación… teniendo siempre muy claro que, en todos estos casos, “más vale un ejemplo que cien sermones”, porque lo que no puede pretenderse es que lo que se explica en las aulas como pautas a seguir no se corresponda con la conducta de quienes, próximos o distantes, aparecen como referentes.
Educación para todos a lo largo de toda la vida: Educación para la mediación y el diálogo. Educación para la conciliación, porque gracias a la tecnología digital ya podemos expresarnos, ya sabemos lo que acontece en todos los rincones de la tierra y, sobre todo, la mujer, marginada desde el origen de los tiempos, tiene progresivamente el papel que le corresponde en la toma de decisiones. No me canso de repetirlo: la transición de la razón de la fuerza a la fuerza de la razón, de la imposición a la palabra, sólo tendrá lugar cuando la mujer –“que sólo excepcionalmente utiliza la fuerza cuando el hombre sólo excepcionalmente no la utiliza”, en palabras del Presidente Nelson Mandela- ocupe el lugar que le corresponde en el diseño de la sociedad futura.
Pido la palabra por la Educación: que todos tengan acceso, en cualquier momento de su vida, porque si hay algún tren que nunca nadie debe perder es el del pleno desarrollo de las inverosímiles capacidades intelectuales humanas.
Todos los seres humanos iguales en dignidad.
Será una educación inclusiva, durante toda la vida, equitativa, de calidad, la que nos permitirá aprender a vivir juntos, a conocer y hacer para que, como lo recuerda el artículo 1º de la Declaración Universal, vivamos “fraternalmente”.
¡Pido la palabra por la Educación! 
Publicado en Publico.es 

Fin de ciclo

Cuando los senadores socialistas pidieron la dimisión del ministro de Justicia, su respuesta fue llamarles antisistema. Esto lo dijo un señor que, según las evidencias que hemos ido conociendo, mangonea a la Fiscalía a favor de sus amigos en apuros. Sus palabras sugieren que el sistema está encarnado por él, por un ministro del Interior que favorece los chivatazos a los corruptos, y por la pestilente ciénaga en la que chapotean los dirigentes de su partido. La operación Lezo ha puesto de manifiesto que la abstención del PSOE fue un error, pero eso no es tan grave como la radical inoperancia de su oposición, que también forma parte de un sistema en el que los nuevos partidos, vociferantes o fotogénicos, se han integrado con demasiada comodidad.

En esta situación, la palabra clave es antisistema, un término cada día más respetable. Porque hemos llegado, sin duda, al fin de un ciclo. No se trata de que unos hayan robado más y otros menos mientras los españoles se empobrecían, sino de un colapso que se manifiesta en todos los órdenes institucionales, de la Corona para abajo. A partir de ahora, sólo tenemos dos opciones. La primera es perseverar en la gran especialidad nacional de fines del siglo XX, mirar hacia otro lado y hacer como que no pasa nada. La segunda es afrontar la realidad, dar por liquidado el régimen del 78 y convocar elecciones a Cortes Constituyentes. Pueden llamarme terrorista, si quieren. Insultos mucho más graves merecerán quienes pretendan prolongar esta agonía.

Publicado en CadenaSer.com

Actúa aplaude el anuncio de Unidos Podemos de promover una moción de censura contra Mariano Rajoy y emplaza a la oposición a dialogar para sacarla adelante

De acuerdo con su espíritu originario, la plataforma Actúa celebra el anuncio de promoción de una moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy. La iniciativa, anunciada esta mañana por el grupo parlamentario de Unidos Podemos, se inscribe en el marco de la propuesta que Actúa lanzó el mismo día de su presentación pública a los medios, el pasado 19 de abril:

Fue uno de los promotores de la plataforma, Gaspar Llamazares, portavoz de Izquierda Abierta, quien defendió la urgencia de apartar al Partido Popular del Ejecutivo, la misma mañana en que saltaba la bomba mediática de las detenciones en la Comunidad de Madrid, encabezadas por la de Ignacio González, ex mano derecha de Esperanza Aguirre, en el marco de la Operación Lezo.

La moción de censura se corresponde con el primer objetivo que persigue Actúa: lograr que la oposición, tras fracasar en las dos convocatorias electorales, consiga ponerse de acuerdo en unos mínimos por el bien mayor del Estado. Llamazares subrayó lo decepcionante que resultaba que la oposición, dos días después de conocerse que Rajoy tendría que declarar ante la Justicia como testigo por la trama corrupta Gürtel, demostrase su incapacidad para “generar una moción de censura“, aumentando el clima “de decepción y de resignación” que arrastraba gran parte de la sociedad española desde el 26J.

El diverso grupo de intelectuales y activistas que promueven Actúa consideraba, y considera aún más hoy después de lo acontecido en las últimas jornadas, que el Partido Popular ha degradado profundamente las instituciones y dañado la democracia impidiendo no solo su avance, sino promoviendo su retroceso. Es por eso que en su manifiesto fundador (que en pocos días han suscrito más de 500 personas), Actúa llamase al cambio político urgente “que sitúe en primer término de la acción de gobierno la garantía de derechos y libertades, así como los principios de justicia social y democracia” desde un “espacio de reflexión, debate cívico e intervención política” que persigue en primer término “servir de punto de encuentro para las diversas fuerzas progresistas y de izquierdas”.

Toda vez que las líneas rojas y los vetos mutuos impidieron a los partidos de la oposición arrebatar el gobierno a Mariano Rajoy y al Partido Popular tras el 20D y el 26J, Actúa considera que el trabajo le corresponde ahora a la oposición. Ejercer la responsabilidad de frenar al PP pasa por esa moción de censura. Todos los actores llamados a posibilitar el cambio deben dejar de lado sus particulares intereses partidistas en favor del interés de las mayorías sociales, las más perjudicadas por las políticas del PP y a las que les urge que el rumbo político del país dé un giro de 180º. Está en juego acabar con la desigualdad, la pobreza y la exclusión social sin precedentes en la historia de nuestra democracia. Está en juego la democracia misma con el continuo recorte de derechos y libertades.

Actúa pide a todos los grupos políticos del Congreso de los Diputados que asuman la gravedad política de los acontecimientos y dialoguen para llegar a un acuerdo que avale esa moción de censura, paso previo a promover un cambio de gobierno que restaure los principios democráticos y dignifique la propia política.

Además, Actúa recuerda su llamamiento “a todas las personas y organizaciones políticas, sindicales, de derechos humanos, feministas, ecologistas, colectivos LGTBI…, que están luchando en defensa de los mismos principios de gobernanza” para que se incorporen a la movilización y a este proyecto de unidad frente a la derecha que huye de sectarismos, pone en valor la diversidad y pluralidad y promueve un consenso mínimo con diálogo, solvencia y seriedad.

 

Puedes conocer más sobre Actúa y firmar aquí su manifiesto.

Lo nuevo y lo viejo, lo cierto y lo falso sobre la robotización

Existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social. Por tanto, lo que habría que hacer es invertir en industrias que requieran de trabajos que desarrollen esos aspectos y también en un sistema educativo que los potencie

Aunque el miedo a la robotización y a una tecnología que presagia el fin del trabajo no es nuevo, en los últimos meses, incluso me atrevería a decir que semanas, ese miedo se ha instalado en los salones de las casas a través de la televisión y los medios de comunicación. Muy especialmente, desde que la robotización se discutiera por segundo año consecutivo en el Foro de Davos el pasado mes de enero, unido con el anuncio apocalíptico de que no habrá trabajo para todos y la posibilidad de establecer una renta básica universal.

De esa manera puede pensarse que la falta de empleo no se genera por unas políticas económicas de corte deflacionista –ahora mal llamadas de austeridad- que no buscan el pleno empleo y generan un modelo de crecimiento pro-pobre distribuyendo las ganancias de la productividad de manera cada vez más desigual, sino por culpa de las máquinas. Siempre es bueno que haya niños. Sobre todo, cuando se quieren cambiar las reglas de juego o, mejor aún, legitimar los cambios que se han dado en las décadas anteriores y que han supuesto el aumento de las desigualdades económicas, la mercantilización de las vidas de muchas personas y procesos de individualización del riesgo que dejan a muchas personas y a las que de ellas dependen, de su capacidad –siempre desigual-, de incorporarse en los distintos mercados, especialmente al de trabajo.

Ahora toca legitimar el sistema que está siendo cuestionado cada vez por un mayor número de personas y procesos electorales que no han salido como se esperaba, y el impacto de la robotización parece ser un buen chivo expiatorio. A pesar de que los  informes especializados como el de Technology at Work v2.0. TheFutureisNotWhatitUsedto Be publicado en 2016 , nos habla de que el 76% de las personas encuestadas eran tecno-optimistas, frente a un 21% de tecno-pesimistas y un 3% que no se decantaba por ninguna de las dos opciones.

Es cierto que cuando se pone en marcha un proceso de cambio tecnológico, suele ir unido a la generación de muchos empleos redundantes, pero también a la aparición de otros nuevos. Como escribí hace unas semanas en este mismo periódico ( Los robots pueden cuidar de nosotros pero les traemos sin cuidado), a lo largo de la historia, los cambios tecnológicos han llevado a un cambio en la composición y la estructura del empleo, pero no han supuesto su reducción. El cambio tecnológico ha destruido empleo en ciertos sectores y tareas, y creado otros empleos, e incluso nuevas profesiones.

En muchas ocasiones las y los trabajadores que han visto desaparecer sus puestos de trabajo y hasta sus profesiones han tenido dificultad de reciclarse en otros sectores profesionales, derivando en una situación de paro, y una pérdida de bienestar para muchas personas e incluso para regiones enteras si estaban sectorialmente especializadas en los sectores afectados. Esto ha generado desajuste y claros perdedores y perdedoras del cambio tecnológico.

Pero, al mismo tiempo, se han generado otros empleos que, si bien no han sido necesariamente ocupados por los trabajadores que previamente habían perdido su empleo, han demostrado que el cambio tecnológico nunca ha traído el fin del trabajo. Y es muy posible que ahora tampoco, aunque los informes especializados nos lleven a pensar otra cosa.

Las estimaciones que se realizan desde grupos de investigación especializados en los cambios en empleo y robotización como el Citi GPS de la Martin School de la Universidad de Oxford, hablan citando informes del Banco Mundial, de un riesgo de trabajos reemplazados por máquinas en los próximos años de 77% para China, 72% para Tailandia, 69% para la India, un 57% en los países de la OCDE, un 47% para EE.UU, o un 35% para el Reino Unido. Aunque hay otros que reducen considerablemente estas cifras.

Se puede observar que esta pérdida de empleo afecta más a los países emergentes que a los países con renta per cápita alta como EE.UU o los de la OCDE en general, donde se concentran los mayores mercados del mundo. Esto tiene que ver en parte con el hecho de que si la mano de obra en ciertas fases del ciclo productivo es reemplazada por máquinas, se espera una relocalización empresarial allí donde están los mercados y no donde se concentre la mano de obra barata, como ocurre en la actualidad. Esto podría suponer un cierto alivio para las grandes potencias económicas pero no solucionaría el problema globalmente, con todos los desequilibrios y desplazamientos de población que eso podría suponer en países fuertemente poblados.

Las diferencias en el impacto geográfico de la pérdida de empleo vinculada a la robotización tienen también que ver con que hasta ahora las máquinas son mejores que las personas en tareas repetitivas o rutinarias, pero no en la creación de nuevas ideas o en la reacción a situaciones inesperadas o en el tratamiento a otros seres humanos como por ejemplo lo relativo a los trabajos de cuidados en sociedades fuertemente envejecidas. Así, esos mismos informes que presagian una pérdida de empleos escalofriante nos dan parte del antídoto. Existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social. Por tanto, lo que habría que hacer es invertir en industrias que requieran de trabajos que desarrollen esos aspectos y también en un sistema educativo que los potencie.

Pero el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) va precisamente en la línea de desarrollar esos aspectos más “humanos” en las máquinas que harían también a los empleos resguardados por ese triple cuello de botella, más vulnerables. Pero ni siquiera esto tiene por qué ser un problema, siempre y cuando la tecnología se ponga al servicio del bienestar de las personas y no al servicio de la acumulación de beneficios y poder en unas pocas manos.

La tecnología no es un aspecto independiente de nuestra organización social, política y económica, o de nuestras culturas. Y servirá para los intereses de quienes tengan más poder o logren imponerse sobre los demás. Si la concentración de poder que vivimos en la actualidad no se rompe, será difícil que los avances tecnológicos tengan un poder democratizador del bienestar común como sueñan muchas personas expertas en nanotecnología. No en vano, las menores barreras de entrada de estas tecnologías podrán suponer una democratización de las mismas y romper costuras del sistema.

De hecho, este es uno de los ejes sobre los que debe girar el debate sobre la robotización, el de las condiciones culturales y los desequilibrios de poder sociales y económicos en los que estos avances tecnológicos se desarrollarán . Es cierto que tenemos ficciones en los que las máquinas al servicio de las personas se revelan superándolas como Ex Machina, pero también a diario se cuela en los televisores, a través de los pequeños de la casa, un robot llamado Doraemon que viene del futuro precisamente para ayudar a un niño japonés, Nobita, a ser mejor persona y a comprender el mundo que le rodea y a cómo relacionarse con ese mundo.

Los robots pueden ayudarnos a liberar tiempo de trabajo, a repartir mejor ese trabajo y a ocupar nuestros tiempo en tareas que nos satisfagan más como personas y por tanto, generar sociedades más sanas y pacíficas. Eso podría hasta facilitarnos el repartir mejor también los trabajos de cuidados no remunerados en el ámbito de la familia y la comunidad, con lo que estaríamos al mismo tiempo avanzando en igualdad de género, aspecto tan necesario para garantizar la sostenibilidad y el bienestar de nuestras sociedades.

Si miramos cómo se han distribuido las ganancias en productividad en los dos últimos siglos, veremos que no han sido principalmente en torno a liberar más tiempo de trabajo, tampoco en el ámbito doméstico. Así,  las estimaciones de Angus Madisson entre 1820 y 1998, nos hablan de que las ganancias de la productividad se han repartido más en torno al aumento salarial que en relación a la reducción de la jornada laboral, aunque ésta también se haya reducido. Los incrementos vinculados a la capacidad de consumo han vencido en el largo plazo 7 a 1 a la capacidad de disponer de más tiempo. Aunque la reducción de jornada ha sido muy importante y ha ayudado en el pasado, entre otras cosas, a crear empleo.

Tampoco en lo relativo al tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado se han visto reducciones muy espectaculares en tanto que la introducción de nuevas tecnologías domésticas, como puede haber sido la lavadora, ha llevado a cambios culturales en torno a la higiene más que a una reducción muy significativa del tiempo empleado en el lavado. O la reducción del trabajo doméstico que las nuevas tecnologías han hecho posible ha supuesto la sustitución de este tiempo por trabajo de cuidados directo a niñas y niños, también vinculado al desarrollo de nuevos modelos culturales de maternidad y paternidad.

Mientras las estimaciones sobre la pérdida de empleos son numerosas, escasean las estimaciones sobre los efectos del reparto de trabajos y beneficios , o sobre qué empleos se crearán y en qué sectores. Si miramos al pasado, esto último ocurrirá sin duda. Lo que no sabemos es en qué condiciones. Los propios sectores vinculados con las nuevas tecnologías y su aplicación, los servicios personales y la economía del cuidado a las personas y nuestro medioambiente, estarán sin duda entre ellos, pero la clave está en saber en qué condiciones de poder o laborales se desarrollarán esos empleos.

De hecho, los análisis que dicen que esta vez puede ser diferente y que el cambio tecnológico suponga ahora sí el fin del trabajo se basan, desde mi punto de vista, en un pilar que no tiene por qué darse. Se dice que esta vez el ritmo del cambio tecnológico es más acelerado, lo cual es cierto, y también su intensidad, que también es cierto, y, sobre todo, en que en esta ocasión, en comparación con lo ocurrido en el pasado, sus beneficios no estarán igualmente repartidos. Esto último no tiene por qué ser así.

Si las relaciones de trabajo que se establecen en estos nuevos sectores –y las que se mantienen en los que sobrevivan-, siguen las pautas actuales de distribución donde los salarios se llevan cada vez una parte menor de la tarta generando las fuertes desigualdades económicas que no paran de crecer en los últimos años, y también las pautas actuales de precarización, con relaciones laborales flexibles, mayor parcialidad, temporalidad, o contratos de cero horas que requieren de total disponibilidad y de ninguna seguridad, es muy posible que los avances tecnológicos no se pongan al servicio de las personas para avanzar en bienestar y en vidas dignas.

Pero eso no depende de la tecnología sino de las estructuras de poder que dominen nuestras sociedades, por tanto, de un cambio de sistema económico y del desarrollo de democracias reales y no de baja intensidad, disciplinantes o inexistentes como ocurre ahora en la mayor parte del mundo.

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