De la misma forma que ocurre después de una relación sentimental fracasada o al asumir la ruina de un proyecto profesional en el que se ha invertido mucho esfuerzo, una gran mayoría de las gentes de la izquierda tenemos hoy una sensación de hastío y decepción. Aburrimiento, malestar. Incluso a algunos nos ha embargado un sentimiento de orfandad política.

Pasado el esperado y mediático cónclave de Vistalegre II, no se vislumbra la línea del horizonte. Nada. Ni una propuesta política de calado, ni una alternativa de ilusión por parte de esta organización en la que muchos y muchas habían depositado sus esperanzas de cambio.

Podemos irrumpió en el panorama político con la promesa de que estábamos ante un proceso de empoderamiento de los de debajo de un régimen ya abatido. Pero la cruda realidad es que el balance en su aún breve historia, constatado en su segunda asamblea ciudadana, arroja una verdad: han logrado poco más que sustituir a IU en las instituciones. Ah, y otra cosa: ayudar a generar en el PSOE un debate interno sin precedentes en todos sus años de democracia.

Pensemos en la sociedad que nos ha dejado el último lustro. Toda la ilusión de cambio generada a partir de mayo de 2011 ante la posibilidad de una alternativa real de gobierno ha sido evaporada. El partido hegemónico en la derecha, practicando sus cotas más altas de políticas antisociales y de corrupción, no solo sigue en el poder, sino que los recientes barómetros coinciden en que en unas próximas elecciones volverían a vencer. Mientras, la movilización social está ausente, o a muy baja intensidad, cuando sería lo lógico estar a diario en las calles. Nos guste o no, este es el escenario actual.

El desafío para la izquierda es gigantesco y todo son palos en la rueda. Debemos poner las bases para una reconstrucción realista y seria atendiendo a la diversidad y el pluralismo, sin perder de vista la responsabilidad que nos une. Hemos de reconectar con los trabajadores y trabajadoras, con sus problemas. El momento es muy convulso como para seguir cuestionándolo todo con discursos facilones. La tendencia al populismo vacío se ha impuesto como línea política, hasta hacer de esta última una necesidad social algo irrespirable.

Me parece que toca ponernos manos a la obra de forma urgente para defender los valores y principios de una democracia vapuleada y maltratada, tanto por las políticas regresivas de los gobernantes, como por la de quienes, de forma torticera, han jugado peligrosamente con ella.

Pensábamos que las democracias estaban más que consolidadas en Occidente después de la II Guerra Mundial; que los altos grados de desarrollo social, tecnológico y económico eran incuestionables y perennes. Que el mero hecho de contar con una constitución lo soportaba todo. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que de nada sirve dotarse de un buen texto si no hacemos por su protección y cumplimiento.

Todas las alarmas están encendidas y necio (o de la minoría beneficiada) es quien no lo quiera ver. El Brexit ya fue una llamada importante a que todo es cuestionable. También lo hemos visto con Trump, un multimillonario sin escrúpulos, disfrazado durante meses de líder antisistema del pueblo, que conduce a la población norteamericana hacia el corazón del capitalismo más salvaje, el racismo, el clasismo, el machismo y una larga lista de retrógrados “ismos”. Y en Europa, puede recoger el testigo la ultraderecha, entrando como un devastador caballo de Troya en las heridas democracias del Viejo Continente.

Insisto, toca ponerse el mono de trabajo. Combatir la tendencia al facilismo y el cinismo. Toca hacer pedagogía en cada ámbito de la sociedad para explicar y entender por qué hemos llegado hasta aquí. Toca poner en valor conceptos como los cambios posibles y concretos para conseguir avanzar en solidaridad, justicia social, libertades públicas, lucha contra la pobreza y la desigualdad, los derechos sociales, el feminismo, el ecologismo y la cultura alternativa.

En definitiva, toca trabajar en la construcción de una izquierda política y social creíble cuya seña de identidad no sea decir lo que la gente quiere oír, sino la del trabajo solvente por una alternativa real de transformación social.

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