Es una curiosa condición la de este mundo tan apalabrado en el que las palabras carecen de peso. La verdad es que casi nadie tiene tiempo para buscar una palabra de honor. El vocabulario de la prisa corre por las redes sociales y en un minuto cualquier hecho se convierte en palabras. La noticia de una muerte, de un suicidio, por ejemplo, vuela por el mundo y se llena de comentarios, chistes, opiniones, sospechas, vaticinios, advertencias, discusiones, respuestas, reproches, anuncios y festín de palabras, palabras, palabras…

La realidad necesita de nuestras palabras, de un permanenteaquí estoy yo; y nosotros necesitamos del uso inmediato y público de la palabra para formar parte de la realidad. Al hablar de esta inercia no me refiero a los ámbitos privados, los grupos de amigos en los que la broma y el comentario resulta lógico. Tampoco me refiero en este caso a los profesionales de la información que trabajan la noticia, verifican los hechos y dan orden a los datos bien para comunicar y analizar un suceso con independencia y deseo de objetividad, bien para servir los intereses del banco o del grupo político que los sostiene.

Me refiero al proceso que, sin tiempo para el pensamiento, sin pedirle al reloj la pausa conveniente para leer y escribir unos razonamientos, nos lanza a llamar la atención en unos cuantos caracteres y nos exige nuestra bufonada o nuestra moralina sobre cualquier cosa que suceda en cualquier mundo y de cualquier manera. Aquí estoy yo para tener una ocurrencia sobre un torero muerto, un accidente de tren, un naufragio o las actuaciones de un político. Somos imprescindibles para el ruido de palabras, palabras, palabras que se lanzan como piedras y levantan muros para hacer difícil una opinión pública no identificada con las faenas de la confusión.

Las prisas tienen un doble poder degradador. La manifestación en público de comentarios que antes se quedaban en una barra del bar extiende una imagen muy triste de la sociedad que formamos. Nos estamos acostumbrando a borrar los filtros, algo que no sólo invita a perder la educación, sino que crea una dinámica en la que, cada vez con más frecuencia, personajes públicos convierten en declaraciones los chistes de bar. Acabo de leer una ocurrencia del presidente de la plaza de toros de Ávila en la que sostiene que la fiesta nacional debe ser lo contrario de la compresa: que se note, respire y traspase. Y todavía tengo clavadas las palabras del ministro del Interior en el Parlamento: “No es nuestra responsabilidad que decidan huir de su país. No es nuestra responsabilidad directa que decidan hacerlo en condiciones muy precarias”. ¿Conoce el ministro la ley?

Me interesa el concepto de mundo apalabrado. Se trata de un mundo empedrado, también de un mundo donde nadie se compromete con un contrato y se queda todo en acuerdos apalabrados que no obligan a su cumplimiento. Si tuviese un sentido real nuestra palabra de honor, nuestro compromiso, quizá bastase con apalabrar las relaciones y sus consecuencias. Pero la palabra se ha convertido en un don Juan que va de lecho en lecho en nombre de su verdad (no es verdad, Ángel de amor…) o en una falsa moneda que va de mano en mano, o en unas promesas falsas que saltan de elección en elección. Las claridades de los discursos de Macron o de Trump están llamadas a acabar en la oscuridad de una realidad apalabrada, empedrada y amurallada.

Hay épocas que responden en la historia al concepto de orden. La rotundidad de esta palabra da la libertad a la ciudadanía para integrarse en lo inmutable o para ser un heterodoxo, un pecador, un habitante de los márgenes, un bohemio, pero no para cambiar las cosas. Por eso surgió la intención de unir la realidad de la democracia a la palabra contrato, un ámbito en el que se puede discutir sobre lo que se decide y se firma. El deterioro de la democracia, la pérdida real de soberanía, ha sustituido el contrato por los apalabramientos, que son acuerdos que lo dejan todo en palabras, palabras, palabras, como le dice la sombra de Hamlet a la de Polonio por los escenarios del mundo. Las leyes incumplidas son palabras huecas. Y las ruedas de prensa o las explicaciones de algún ministro parecen un tuit ampliado.

No sé de qué modo, pero habría que conseguir que la palabra política se dejara de apalabramientos y de ruidos para volver al peso de los contratos. ¿Una nueva ilusión constitucional? Puede ser. Quizá pienso todo esto porque me dedico a una vocación, la poesía, en la que cada palabra pone en juego el propio sentimiento de la verdad y del honor. El contrato de no engañar y de no engañarse con palabras es la razón de la poesía. Quizá también escribo esto porque los 18 de julio me siguen recordando a Federico García Lorca, Antonio Machado, María Zambrano, Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda, Miguel Hernández… Frente a tanta palabra hueca y cínica, conviene saber hasta dónde puede llegar el compromiso con las palabras.

Publicado en InfoLibre.es

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