Durante siglos, nuestro país ha sufrido continuos altibajos en los ámbitos de libertades, derechos humanos, protección de los más débiles y, en definitiva, funcionamiento democrático de las instituciones que canalizan la acción de quienes nos gobiernan. Bien pudiera decirse que las épocas de bienestar y un funcionamiento político y social aceptable han sido las menos en nuestra historia.

Durante los siglos XVIII, XIX y XX, las asonadas de los poderes económicos y de la Iglesia, defensores de los privilegios, se encargaron de silenciar cualquier forma de lucha por las libertades y por la igualdad. Los gritos provenientes de la revolución francesa de Libertad, Igualdad y Fraternidad fueron asumidos por algunas mentes de nuestro país, pero la parte más conservadora y rancia de la sociedad se encargó de acallar toda idea moderna y progresista.

El librepensador Francisco de Goya, debido a sus ideas progresistas, penó y vivió atemorizado, amenazado por la pena de cárcel y vigilado por quienes defendían el poder absolutista del rey Fernando VII. Finalmente hubo de exiliarse, al igual que algo más de un siglo después tuvieron que hacer miles de españoles, defensores del orden legal establecido por la II República, huyendo de la barbarie fascista. El intento de aquellas mentes avanzadas del siglo XIX pronto cayó en lo más oscuro y en el silencio más atroz.

En pleno siglo XX, un nuevo intento liberizador y progresista se topó contra el muro de los herederos de tan rancio y eclesiástico absolutismo, férreos defensores de privilegios históricos, cercenando otro intento de acercarnos al pensamiento más avanzado de la vieja Europa. Contó para ello con el apoyo de los fascismos, que se iban fortaleciendo en el viejo continente.

Tras cuarenta años de dictadura, con el franquismo acurrucado en sus cuarteles de invierno, se inició otra ofensiva de apertura política y regeneradora, con la vista puesta en lo que se intentó previamente al golpe militar durante la II República. Una vez más, no pudo ser. Los avances conseguidos durante los años posteriores a la aprobación de la nueva Constitución en materia de derechos sociales y humanos, libertades, regeneración política, leyes laborales, Justicia Universal o Memoria Histórica se han ido desmoronando poco a poco. Esta vez no ha sido necesario un golpe de estado cruento, como ocurriera en los siglos XIX y XX. Los métodos de los que se han valido las fuerzas herederas del franquismo para mantener sus privilegios, han lastrado todo avance en materia de libertades y derechos sociales, aumentando los niveles de pobreza y de precariedad y, lo que es peor, dilapidando la fuerza que los trabajadores habían ido conquistando, con sus partidos y sindicatos a la cabeza.

Vivimos hoy en una España adocenada que sólo parece reaccionar ante las figuras más emblemáticas de los programas televisivos y de los deportes de masas, con una mayoría de la población que empieza a temblar ante el anuncio de una nueva restructuración de plantilla, pero que no conserva ningún ánimo de lucha. Quienes hoy gobiernan lo han hecho tan bien y su trabajo es ha sido tan eficaz que incluso han conseguido que buena parte de sus votantes procedan de la población más afectada por sus malas políticas, votos que incluso quieren utilizar como respaldo de sus actuaciones corruptas frente a la Justicia.

Quienes gobiernan hoy controlan los medios de comunicación, hacen leyes a su medida, reformas laborales que quitan derechos a las clases trabajadoras, y acallan cualquier intento de protesta y defensa de valores democráticos en clara decadencia. Las fuerzas de los privilegiados han ido manipulando los estamentos más altos del poder judicial, eliminando cualquier elemento hostil para conseguir una Justicia a su medida. Así, la corrupción, enquistada en lo más profundo de nuestra sociedad durante siglos, ha explosionado a niveles jamás vistos en los últimos años. Sin embargo, la impunidad manifiesta se ha apoderado de la sociedad, que parece verla como algo inevitable, es aceptada y asumida.

En paralelo a lo anterior, las desigualdades han crecido al mismo ritmo que los índices de pobreza. El exilio de miles de jóvenes, los mejor preparados, anulan cualquier intento de recuperación a corto plazo de un mercado laboral condenado al sector turístico y de servicios.

La vida pública y la política actuales han quedado vacías de contenido, al mover el campo de la discusión y del debate al ámbito de la Justicia, que debería emplearse en sus verdaderas funciones. El discurso suena vacío y hueco a una ciudadanía que sólo está llamada a opinar cada cuatro años, y a la que luego se abandona en su desesperación, frustrando toda expectativa e ilusión por el cambio.

Hace pocos días escuché al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, pedir moderación y evitar los extremismos. Me hubiera gustado que esas palabras hubiesen ido dirigidas a su propio partido, dado que es una persona que suele hablar entre líneas, con mensajes indescifrables que a muchos nos cuesta entender. Porque somos muchos quienes pensamos que el PP es el partido menos moderado y más extremista de los que forman el arco parlamentario y extraparlamentario en la actualidad. Me hubiera gustado que Rajoy pidiese moderación a los suyos en el asalto a los caudales públicos y en el deterioro de los servicios sociales, porque la situación se hace ya insostenible para su partido. Que hubiese pedido a los suyos limitar su extremismo en el control de los órganos de poder que no les pertenecen, como es la judicatura, y que demuestran al negarse a todo tipo de diálogo con la oposición, con las comunidades autónomas y con los ayuntamientos donde no gobiernan. Sí, por favor, más moderación y menos extremismo en sus comportamientos.

Pero Rajoy no lo va a hacer, él encabeza la serie catastrófica de desmanes del PP porque encabeza el Gobierno. Por eso al resto nos toca pedir a ese partido que se comporte de forma similar a la de otros partidos conservadores de Europa.

Llegados a esta situación, me pregunto qué haría aquel Goya defensor de las ideas liberalizadoras y de progreso. ¿Se volvería a exiliar? ¿No le habrían amenazado y expulsado de nuevo los mismos de siempre? Sinceramente, creo que hoy estaría también pintando escenas tenebristas y aplaudiría la petición de moderación y de no extremismo al PP.

No hay soluciones definitivas, sobre todo porque la situación es escandalosamente deplorable. Quienes pensamos que el cambio es aún posible, tan solo nos queda actuar. Unir nuestras mentes y esfuerzos para cambiar poco a poco el rumbo; ahí reside hoy la genialidad. Es bien sabido, con la correlación de fuerzas existente, que ningún grupo o partido podrá conseguirlo por sí solo actuando aisladamente. Hemos de unirnos todos aquellos que compartamos la idea de que no es el destino de nuestro país el que nos han diseñado a conciencia quienes llevan demasiado tiempo gobernando. Somos más los que deseamos el cambio que los que no lo desean y eso nos dará la fuerza y la razón para hacer posible este objetivo.

Precisamente, Actúa plantea un camino para el inicio de ese cambio mediante el diálogo, el debate y la acción política. Es necesaria la fuerza que propiciará la unidad de todas las personas y organizaciones que aún conservan la esperanza y las ganas de luchar contra la situación actual. Eso, o rendirse al neoliberalismo más feroz y carente de principios.


Ángel Viviente Core, Coordinador General de Convocatoria Cívica y promotor de la plataforma Actúa.

Publicado en NuevaTribuna es

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