Cuando los senadores socialistas pidieron la dimisión del ministro de Justicia, su respuesta fue llamarles antisistema. Esto lo dijo un señor que, según las evidencias que hemos ido conociendo, mangonea a la Fiscalía a favor de sus amigos en apuros. Sus palabras sugieren que el sistema está encarnado por él, por un ministro del Interior que favorece los chivatazos a los corruptos, y por la pestilente ciénaga en la que chapotean los dirigentes de su partido. La operación Lezo ha puesto de manifiesto que la abstención del PSOE fue un error, pero eso no es tan grave como la radical inoperancia de su oposición, que también forma parte de un sistema en el que los nuevos partidos, vociferantes o fotogénicos, se han integrado con demasiada comodidad.

En esta situación, la palabra clave es antisistema, un término cada día más respetable. Porque hemos llegado, sin duda, al fin de un ciclo. No se trata de que unos hayan robado más y otros menos mientras los españoles se empobrecían, sino de un colapso que se manifiesta en todos los órdenes institucionales, de la Corona para abajo. A partir de ahora, sólo tenemos dos opciones. La primera es perseverar en la gran especialidad nacional de fines del siglo XX, mirar hacia otro lado y hacer como que no pasa nada. La segunda es afrontar la realidad, dar por liquidado el régimen del 78 y convocar elecciones a Cortes Constituyentes. Pueden llamarme terrorista, si quieren. Insultos mucho más graves merecerán quienes pretendan prolongar esta agonía.

Publicado en CadenaSer.com

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