Que mucha izquierda ha dejado a Marx es una obviedad. En un mundo mercantilizado, el pobre Karl hace tiempo que no vende, pero que haya hecho lo propio con Groucho, Harpo y Chico es un suicidio.

¿Qué pedían ellos? “¡Más madera!”, y exclamaban: “¡Es la guerra!” (Los Hermanos Marx en el Oeste. 1940). Unos malvados estaban actuando impunemente y sólo atrapándoles podrían parar sus fechorías. Pero no tenían carbón. De ahí surge el ingenio (intellectus apretatus discurrit qui rabiat, que decía Cicerón). ¿No hay carbón? Pues utilizaremos la madera de los vagones. Y los van desmantelando para alimentar la caldera que les permite avanzar en su propósito.

¿Qué hace hoy la susodicha izquierda? Justo lo contrario. Mientras los malos se alejan riéndose (“Bueno, Red, el negocio ya está hecho – Pues entonces, ¿a qué correr?”, dicen en la película, frase digna del mejor Rajoy), la izquierda gasta el poco carbón disponible en la calefacción de sus vagones, en calentarse de lo lindo.

Los pocos, sí pocos, siempre pocos, activistas se multiplican para llevar a cabo infinitas tareas domésticas, perfilando hasta la última coma de clónicos documentos de actuación, hasta no tener tiempo para la ídem. En ello hay dos riesgos: El primero, que dicha actividad interna colme ya la exigencia ética, necesaria y elogiable, que clama: “hay que hacer algo”. La izquierda lo hace, ha leído manifiestos, quemado las cejas en programas, protocolos y organigramas. No le ha quedado tiempo para más. Ha dejado, en el mejor de los casos, aunque no siempre, el vagón impecable y calentito. Pero el tren no avanza y los malos siguen riendo.

La participación ciudadana, “acción de la ciudadanía dirigida a influir en el proceso político y en sus resultados”, es imprescindible, pero sólo aumentará y se consolidará si percibe que el tren avanza. La simplicidad en los procedimientos, su transparencia y presentación asequible invitarán a subirse a él a numerosos simpatizantes reticentes ante vagones en perpetuo reordenamiento, con compartimentos cerrados a cal y canto, donde se les pedirá limpiar las ventanas, pero no acarrear carbón o madera a la locomotora.

El segundo riesgo es que, ante tan reluciente departamento, los posibles nuevos viajeros duden en subir, aduciendo que no se sentirán cómodos entre un pasaje tan consolidado. Vagones idénticos, con los mismos letreros (¿hay quién no quiera un mundo más justo y solidario?), pero con las puertas entre ellos cerradas. ¿Cuál escoger? Al final, muchos se quedarán en el andén.

Si a esos viajeros dubitativos les sumamos los que han salido despedidos por la fuerza centrífuga de rencillas personales y grupales, en un trayecto lleno de curvas, el resultado es un pasaje mermado. Y el tren no avanza y los malos siguen riendo.

 

 

En ingeniería, el balance energético es imprescindible. En participación ciudadana, el equilibrio entre lo utilizado en el sistema y lo empleado en hacerlo avanzar, crítico. Dijo André Malraux (L’Espoir): Pensar en lo que debería ser y no en lo que se puede hacer es malo, un veneno, irremediable. Quiero pensar que en la intención inicial de muchos colectivos está el hacer ambas cosas, pero que sintiéndose confortables en lo primero, ya no les da tiempo a lo segundo. Bajo este prisma, celebro la aparición de Actúa, con la esperanza de que haga honor a su nombre. Porque sí: es la guerra.

 

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