Lo grave es que en la izquierda sigue habiendo más preocupación por el sorpasso que por el cambio. Por adelantar al otro cuando lo que urge es la regeneración

Esta semana se han cumplido 40 años desde que los españoles volvían a las urnas después de tres años de guerra y 38 de dictadura. Aquel 15 de junio de 1977 vislumbramos las primeras luces de la libertad tras recorrer un largo túnel. La incipiente democracia nos llenaba de una ilusión que se reflejó tanto en la alta participación como en la variedad de partidos que concurrieron a los comicios electorales.

Este 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas se presenta como un momento propicio para la retrospectiva y la perspectiva, lo que nos lleva a fluctuar entre la decepción y la esperanza.

Como resultado de la voluntad libre de los españoles, el 13 de julio de hace cuatro décadas se constituyó el Congreso democrático. En su Presidencia de edad, Dolores Ibárruri y Rafael Alberti simbolizaron la emoción del recuerdo de lo que las Cortes fueron durante la República. Después, la Constitución de 1978 rubricó la muerte del franquismo y marcó un cambio radical en nuestra historia.

Esta efeméride invita a refrescar la memoria de la Transición, sin panegíricos ni libelos, criticada por algunos a toro pasado, valorada por quienes la vivimos, pues costó cárcel y muertos. Su método fue la reforma y el resultado fue la ruptura, el paso de una dictadura a una democracia que sirvió para poner las bases de un incipiente Estado de Bienestar, si bien con las insuficiencias derivadas de la relación de fuerzas, las hipotecas heredadas, y de las oligarquías que mantuvieron el poder económico, silenciaron la memoria republicana e impusieron un modelo electoral cuasi mayoritario, la forma monárquica del Estado, su sesgada definición aconfesional o la vinculación atlántica.

Sin embargo, las limitaciones no fueron tanto de origen como lo han sido de ejercicio. Sucesivos gobiernos de la izquierda se empeñaron en gobernar en el centro o en el pacto con la derecha nacionalista, cuando no en alternancia con la derecha. Sólo así se entiende el carácter de nuestro modelo fiscal, la construcción titubeante del Estado del medio estar, las deudas con la memoria histórica o el renacido conflicto territorial. Y ha bastado que la derecha gobierne en dos periodos intermitentes para que a las insuficiencias se sumasen retrocesos en materia social, en derechos y libertades o conflictos como el judicial con motivo de los casos de corrupción.

La indignación propiciada derivó en la movilización del 15-M, que puso encima de la mesa el malestar de la crisis económica y también de décadas de bipartidismo y de reparto, bloqueo y degradación de las instituciones y de la democracia, con su corolario de corrupción. Un diagnóstico que sigue vigente junto a sus mensajes sobre la necesidad de cambio social, regeneración, avance hacia una democracia mucho más participativa, diálogo político y territorial.

Desde entonces, el bipartidismo ha sido sustituido por la pluralidad parlamentaria y dos tercios de la población recibieron aire fresco con los Ayuntamientos del Cambio. Pero el Gobierno de España y su aparato de poder siguen de forma mayoritaria en manos de la derecha. Ecos de esperanza y decepción.

Aún sigo preguntándome por qué, cuando el pluralismo ha irrumpido con claridad en el arco parlamentario, el PP gobierna con más comodidad de la esperada, el respaldo de algunas fuerzas subordinadas de la derecha y disfrutando del espectáculo de una izquierda dividida, incapaz no sólo de una alternativa de gobierno, sino de una eficiente labor de resistencia y oposición. La presente legislatura ha demostrado que España no se gobierna desde el Parlamento: una ilusión que no era más que un mito.

Porque desde el 20-D y el 26-J hemos pasado del bloqueo a la degradación en todos los órdenes. Y lo grave es que en la izquierda sigue habiendo más preocupación por el sorpasso que por el cambio. Por adelantar al otro cuando lo que urge es la regeneración. Si algo ha quedado claro en el último año y medio es que la actual metamorfosis del sistema de partidos imposibilita el triunfo de las fuerzas de progreso en el estado de división en que se encuentran. Se difumina la esperanza de una recuperación paulatina de lo perdido con la austeridad y los recortes.

Es muy irresponsable subestimar las dos amenazas que se ciernen sobre nuestra democracia: el malestar social y la desconfianza en las instituciones. Quienes no nos resignamos al cambio, llamamos a atajar dichas amenazas revirtiendo los recortes sociales, fortaleciendo el Estado de bienestar y recuperando el prestigio de las instituciones democráticas. Con esa preocupación decidimos dar vida a Actúa, un nuevo espacio de reflexión y de acción, promovido por personas de acreditada trayectoria y solvencia como Baltasar Garzón, José Antonio Martín Pallín, Teresa Aranguren, Federico Mayor Zaragoza, Montserrat Muñoz, Carlos Berzosa y Cristina Almeida. Un espacio que ahora busca la adhesión de todas aquellas fuerzas políticas, movimientos sociales y sindicales y aquellas gentes que comparten estas preocupaciones y la esperanza porque existen las fórmulas posibles.

Frente a un escenario de consolidación del PP y de sus políticas de recortes, privatizaciones, endeudamiento, crispación política, deterioro institucional y corrupción sistémica, para Actúa es prioritario un acuerdo de mínimos de máxima urgencia entre las fuerzas del cambio. Hay que desalojar al PP y aplicar medidas sociales y de regeneración democrática. Actúa no nace para dividir, nace para contribuir al diálogo y al acuerdo político; para sentar las bases programáticas de la regeneración y el cambio, a adoptar medidas sociales impostergables; para promover la renovación seria de la política y de los partidos; para dinamizar una cultura crítica y de solidaridad. Para que la ilusión del cambio no se trueque en decepción, proponemos la puesta en común de lo que nos une y dejar las discrepancias a un lado, saliendo al paso del sectarismo y olvidando antiguas rencillas.

Porque mantenemos la esperanza, creemos que no es ilusorio pensar en la construcción paciente de una verdadera moción de censura para un gobierno de regeneración y cambio que se imponga a la lógica polarizada de los viejos y los nuevos partidos, de sus líneas rojas, pulsos y sorpassos. No nos resignamos a la frustración y apostamos por una nueva fase en la que se imponga la colaboración. Sólo así acabaremos con la pesadilla actual y trasladaremos la pluralidad volcada en las urnas a una opción de gobierno regeneradora.

Ojalá que la moción de censura presentada, debatida y fracasada estos días hubiese salido adelante. Pero sabíamos de su precariedad ante la falta de un trabajo previo con aquellas fuerzas que habrían de apoyarla. El pacto de una candidata o candidato de consenso y de un programa de mínimos era fundamental. Hemos asistido a una puesta en escena que sí ha servido para el debate y para recordar que estamos ante un PP enfangado de corrupción y despreocupado por la desigualdad y las carencias sociales, pero también para constatar su fortaleza a pesar de gobernar en minoría.

Toca ahora dialogar y renunciar a protagonismos absolutos si lo que nos preocupa a todos –salvo al PP– es el cambio urgente. ¿Otra moción de censura? Vale. Pero aseguremos su éxito llegando a ella con los deberes hechos.

Publicado en Eldiario.es

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