Todo debate político es un debate ético para un intelectual. Lo anotó Max Aub en sus sobrecogedores Diarios (1939-1972), unas páginas en las que dejó testimonio de su tarea de dignidad. Para personas como Max Aub, la vida fue una tarea de dignidad y debate consigo mismo. Cada palabra y cada pensamiento se convirtieron en un modo de situarse ante el exilio, las vueltas, la literatura, la Guerra Fría y el ir y venir de los años. Mientras observaba muchos comportamientos en nombre de la eficacia interesada o de los dogmas, él no quiso olvidar la dimensión ética de las mañanas y las noches.

 Puede añadirse que para un intelectual la ética cotidiana suele ser inseparable de la teoría, ese lugar en el que la vida se hace idea y las ideas buscan correspondencia con las realidades de la vida. Por eso hay debates que se cargan de significación en los matices del pensamiento.
El asunto de la subrogación de la maternidad se ha extendido con fuerza en los últimos meses. La primera inquietud con la que yo respondo a ese debate tiene que ver con el rechazo a la mercantilización. Vivimos en un mundo que lo mercantiliza todo. Suelo reivindicar la significación de mi oficio, escritor y profesor de Literatura, como una apuesta por un concepto no mercantilizado del tiempo. La dimensión narrativa y sentimental del tiempo literario es un modo de enfrentarse con el relato de la memoria a la lógica del consumo depredador, la inercia que convierte a los seres humanos y al propio concepto del tiempo en objetos de usar y tirar. El vértigo del capitalismo hace del pasado un desecho y del futuro un vertedero.

Resulta fácil percibir esta alegría neoliberal en la defensa de la maternidad subrogada que hacen algunas personas del entorno de Ciudadanos. Para ellas la libertad es sobre todo una cuestión individual, sin dimensiones sociales, que se funda en el derecho a comprar o vender cualquier cosa.Pero desde un punto de vista ético y teórico el debate no se agota ahí. Muchos amigos míos que suelen huir del orgullo neoliberal son partidarios de la subrogación. Casi todos responden a otro tipo de orgullo más respetable y atractivo para mí: el orgullo gay. Amigos homosexuales defienden el ejercicio de su libertad para ser padres de hijos nacidos de su propio semen. No les basta con el derecho a la adopción que Izquierda Unida consiguió incluir en la ley de matrimonio para personas del mismo sexo aprobada por el Gobierno de Zapatero.

El respeto que siento por sus opiniones éticas y teóricas me lleva a discutir conmigo mismo en otro terreno más complejo. Se trata del asunto de las minorías. Estoy convencido de que uno de los avances políticos más interesantes de nuestra sociedad es el respeto a las minorías. Por eso me planteo hasta qué punto ese respeto puede convertirse en manos de la mercantilización en un generador de desigualdades. Cuando se defiende algo con honestidad, conviene siempre estar muy atento a sus posibles perversiones. El respeto a la minoría gitana, por ejemplo, no me ha hecho nunca aprobar todo el machismo que se oculta en el rito de sus bodas: esos pañuelos humillantes con la sangre de la virgen sometida para siempre al varón.

Así que en este debate tenemos dos extremos que merece la pena concretar: de una parte, el deseo de unos homosexuales de buena posición económica, ciudadanos de países occidentales, que quieren tener hijos no adoptados; y por otra parte, el peligro de dar coartada legal a un negocio de explotación de mujeres forzadas por la miseria a vender más de 9 meses de su vida y el fruto de su vientre. Esto de la mercantilización de los cuerpos es un asunto muy serio. En el último libro de Juan Torres, Economía para no dejarse engañar por economistas (2016), me enteré de que expertos de la Organización Mundial de la Salud han denunciado que en muchos pueblos del Sudeste Asiático el 90 por ciento de la población sólo tiene un riñón porque el otro lo han vendido a tramas organizadas para trasplantes en los países ricos.

Cuidado con confundir la minoría homosexual con una minoría de homosexuales millonarios. Puedo estar equivocado…, tal vez. Pero cuando uno se equivoca en favor de los pobres y los débiles, los resultados son menos graves que cuando uno se equivoca en favor de los fuertes y los ricos. Todas las consideraciones legales de subrogación generosa servirán sobre todo de coartada para un negocio de explotación carnal en nuestras realidades mercantiles.

Así que me atrevo a pedir a mis amigos homosexuales que se piensen lo que está en juego. El primer ejemplo de vientre subrogado fue el de la Virgen María. Todo un Dios le exigió su vientre y su hágase en mí según tu palabra. ¿De verdad vamos a dejar que el dinero ocupe en nuestra sociedad el lugar de los dioses?

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