El crecimiento económico que se está dando en España desata la euforia de las élites económicas y del Gobierno del PP. El poder económico no puede disimular su alegría por la situación económica, pues no puede ser para menos debido a los suculentos beneficios que está obteniendo. Sin embargo, no le va tan bien ni a las pequeñas empresas, ni a los autónomos y ni a los asalariados. El Gobierno presume de unos resultados un tanto discutibles, pero que le sirven para tratar de ocultar los grandes casos de corrupción que le afectan.

El tipo de crecimiento que se está dando se sustenta en la desigualdad, resultado del elevado desempleo aún, los bajos salarios, y las diferencias de género. Por si fuera poco no se aprecian cambios significativos en el deterioro del medio ambiente y el cambio climático. A pesar de que el Gobierno firmara el Acuerdo de París, ya de por sí bastante limitado frente a los problemas existentes, poco está haciendo para el cumplimiento del compromiso adquirido. Los problemas medioambientales y ecológicos ya están aquí, pero de no tomar enérgicas medidas la situación se agravará en el fututo más inmediato.

Estos problemas estructurales no se encuentran entre las prioridades ni del Gobierno ni de las empresas que tienen una visión cortoplacista de la evolución económica. El crecimiento no genera un desarrollo humano, tal como lo entiende el programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y dentro de esta acepción está lejos de ser un desarrollo sostenible. El crecimiento resuelve algunos problemas pero no se pueden confundir con el desarrollo. Además de ello, se está sustentando en una coyuntura favorable, como el descenso de los precios del petróleo, el aumento del turismo y los bajos tipos de interés. Se vuelve al tipo de crecimiento que hubo antes de la Gran Recesión, basado en parte en la construcción, la especulación y las burbujas.

No se apuesta tampoco por la I&D con una visión de futuro, pues se considera que no ofrece rentabilidad a corto plazo. La ceguera en esto es tremenda y puede hipotecar el futuro, debido a que España no puede competir con los países emergentes, pero tampoco con los avanzados debido a su atraso tecnológico. La investigación básica y aplicada es necesaria para lograr transferencia de tecnología, pero que no se sostenga solamente en mejoras de productividad sino que contemple los costes ecológicos que su aplicación pueda suponer.

Un problema grave es el futuro de las pensiones. Algunos analistas llevan años haciendo predicciones de la imposibilidad de que el sistema se sostenga. De momento no se han cumplido los análisis realizados, pues según lo que concluían ya se tenía que haber producido el colapso. El hecho de que esto no sea así no quiere decir que no existen problemas que vienen dados más por los ingresos que por los gastos. Estos indudablemente tienden al crecimiento, como consecuencia del aumento de la esperanza de vida, el incremento de los pensionistas y el que llegan cada vez más a la edad de jubilación personas con pensiones más elevadas que las anteriores.

Esto no son problemas menores y que hay que considerar: pero el estrangulamiento viene dado por los ingresos. El sistema público de pensiones es de reparto, lo que quiere decir que las pensiones de hoy las tienen que pagar los trabajadores en activo. Al igual que los que ya estamos en la edad de jubilación financiamos a los pensionistas que nos precedieron. Aquí es dónde se encuentra el problema principal. Una economía con el desempleo existente, sobre todo el elevado paro juvenil, empleo precario y bajos salarios no puede financiar unos gastos crecientes. Esta es una de las grandes debilidades del crecimiento actual. Se puede resolver, en parte, vía presupuesto pero aquí también se choca con sus limitaciones, como es un sistema fiscal que ha ido siendo cada vez más regresivo y que tiene grandes bolsas de fraude.

De manera que hay que resolver las dos cosas, para que las pensiones se puedan cobrar. Un sistema fiscal progresivo y una economía que genere más empleo, que sea de calidad, lo que requiere cambios sustanciales en la estructura económica española. De esto no dice nada el Gobierno y los empresarios que se encuentran sentados en sus poltronas sin ser conscientes de que el futuro, de no cambiar las cosas, no resulta tan optimista como quieren hacer creer. Un mito más del optimismo reinante.

Publicado en NuevaTribuna.

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