En el año 2004 fui invitado a un almuerzo en el que impartía una conferencia Pedro Solbes,  Comisario aún de la Unión Europea (UE), en la que trazó las líneas principales de la política económica de la Comisión. Fue un discurso bien elaborado y argumentado, pero excesivamente convencional. En el turno de preguntas intervine para decir que ese discurso lo podía haber firmado igualmente un conservador. Entonces, una de dos, o bien la economía es una ciencia neutral que no distingue de ideologías políticas, o bien los socialistas habían difuminado su discurso acercándose al pensamiento económico dominante. La respuesta se centró en cuestiones técnicas. Al despedirme, Solbes estaba hablando con Luis Ángel Rojo, que había ya dejado de ser Gobernador del Banco de España, el cual dijo, en plan afectuoso y bromista: “Este rector no tiene remedio”.

Efectivamente no tengo remedio, porque me niego a aceptar que no haya alternativa económica a la que ha predominado, con matices, desde los años ochenta del siglo pasado. Visto a distancia aquel evento y con todo lo que ha pasado a raíz del estallido de la Gran Recesión en 2008 y las políticas aplicadas, mis ideas quedan ratificadas, sobre todo tras los hechos políticos que se están viviendo. La crisis que están sufriendo partidos socialistas en países miembros de la UE confirma los errores que se están cometiendo por haber quedado seducidos por el pensamiento neoliberal. La política económica no es neutral.

Frente al pensamiento único se han alzado análisis de académicos relevantes, aunque en minoría, que sí han planteado otra política económica. Los enfoques críticos a la evolución de los acontecimientos de esta fase del capitalismo, se están haciendo desde diferentes escuelas, como la neokeynesiana, poskeynesiana, institucionalista, estructuralista, marxista feminista y ecologista. Algunas de estas corrientes tiene puntos en común, pero existen diferencias, en algunos casos sustanciales, a la hora de analizar las causas de las tendencias actuales del sistema. En consecuencia, también son muy distintas las proposiciones que se plantean, que van de las más radicales a las reformistas. La economía crítica, tanto desde el plano teórico como práctico se encuentra dividida, lo que es una de sus debilidades ante el bloque unido de la economía convencional.

Los partidos socialistas desde hace un siglo han desarrollado propuestas reformistas renunciando a la revolución. El reformismo también ha tenido etapas, pues en el principio de esta ruptura, entre reforma o revolución, no se renunciaba a alcanzar el ideal socialista como un proyecto diferente al capitalismo aunque este proceso debería ser gradual, sustentado en mejoras sociales y la introducción -dentro del sistema de mercado- de mecanismos propios del socialismo. Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los partidos socialistas renunciaron a Marx y a construir un sistema alternativo al capitalismo. Se adaptaron al sistema, pero con políticas que atenuaran las desigualdades e injusticias del sistema vigente.

El Estado del bienestar, la planificación indicativa, la nacionalización de determinados medios de producción, el aumento salarial, ofrecieron un proyecto que combinó, con cierto grado de éxito, el crecimiento económico y la cohesión social. La crisis de los setenta puso fin a este modelo de economía mixta en el que, sin embargo, predominaban las relaciones de producción capitalistas. Se acabaron las concesiones de los poderes económicos a los trabajadores y a la regulación del mercado. Se inició el camino de las privatizaciones y de la globalización neoliberal. Aunque se han cantado los éxitos de esta fase del sistema, hay que señalar que ha habido un crecimiento menor que en la etapa que va desde el fin de la segunda guerra mundial hasta 1973, al tiempo que este crecimiento es más desigual, aumenta la inseguridad en el trabajo y genera un mayor número de excluidos.

El error de los partidos socialistas es haber abrazado estas ideas económicas, a veces con verdadero entusiasmo, lo que ha supuesto la renuncia a los ideales de la socialdemocracia de posguerra. Así como en este periodo hubo un consenso entre conservadores y socialistas en torno a las ideas keynesianas, ahora ese consenso se establece alrededor de las ideas monetaristas y neoliberales. Los partidos socialistas tienen un buen arsenal de ideas y de propuestas en la economía crítica, a pesar de su segmentación, que pueden favorecer, primero la comprensión del funcionamiento del sistema, que es necesario para, entre otras cosas, saber las limitaciones que se imponen a la política económica, y actuar dentro de lo posible con reformas hacia un modelo social sostenible, equitativo y solidario.

La ruina de los paridos socialistas es plegarse a unas teorías y una práctica que se juega en el terreno de las ideas más conservadoras. En la práctica de la UE no se distingue entre los comisarios socialistas y los conservadores, pues tienen el mismo discurso con las políticas de austeridad, al tiempo que el comportamiento con Grecia ha sido igual de injusto, tanto por unos como por otros. Los destrozos sociales causados tienen que servir para reflexionar y cambiar. La economía ya daba muestras de su mal funcionamiento antes de la crisis. El 23 de abril de 2007 en el diario El País escribimos Koldo Unceta y yo, ante el optimismo reinante por el crecimiento que estaba habiendo, lo siguiente: “En las actuales circunstancias, conviene subrayar que la economía mundial está creciendo de forma desequilibrada….La economía mundial cabalga, pero lo hace a lomos de un tigre, en cuyas fauces puede acabar devorada”. Unos meses más tarde surgió la crisis.

Carlos Bezosa es Catedrático Emérito de la Universidad Complutense de Madrid

Publicado en NuevaTribuna.es

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