Ser feminista en un mundo machista es complejo por definición. Pero hay días, momentos y situaciones en que se hace muy cuesta arriba. La convivencia entre la forma de ver y vivir la vida de una mujer que cree y lucha por la igualdad es difícilmente compatible con la realidad.

Hace unos días salí con unas amigas a las fiestas de un pueblo. Hecho que en sí mismo carece de relevancia, ocioso por definición, un plan para pasarlo bien con las chicas. Hacía mucho tiempo que no salía de noche, al menos en modo festivo, y creo que esta circunstancia me hizo observar cada plano secuencia como no lo había hecho antes, o al menos reflexionar sobre ello. Lo fundamental es que, desde que llegué, no dejé de sentirme horrorizada, escandalizada por situaciones de lo más habituales y naturalizadas por una sociedad machista y misógina, con la que no me siento identificada y que me niego a calificar de “nuestra”. Básicamente, tres hechos centraron mi atención, teniendo en cuenta que íbamos a bailar y tomar unas copas al son de los ritmos de la orquesta de turno.

Sin embargo, la feminista que soy se sintió atacada. Nada más llegar al lugar del festejo, me doy de bruces con uno de los pecados capitales de esta sociedad patriarcal: la sexualización y mercantilización del cuerpo de la mujer. Con un frío de mil demonios, allí estaban medio desnudas las mujeres de la orquesta, mientras sus compañeros hombres sí tenían el derecho de protegerse de la bajada nocturna de temperaturas. Ofrecieron, en un 80% de su actuación, un espectáculo semi erótico cuya única finalidad parecía ser el deleite del público masculino. Para mayor irritación propia, pese a mostrar bastante más talento y mejores voces que los miembros masculinos de la orquesta, la misión femenina estaba relegada a una suerte de decoración escénica, despojadas de todo tipo de valor artístico más allá del de coristas con poca ropa. Carne, así eran exhibidas, como en el escaparate de una carnicería, pero con brillos y lentejuelas en los escasos centímetros de prendas que cubrían lo mínimo de su anatomía. Cosificadas, mujeres convertidas en cosas para el deleite visual de hombres.

Las letras de las canciones que allí se escuchaban me dieron la segunda bofetada de realidad. Nada más lejos del habitual repertorio de Los 40 Principales. En realidad, las mismas letras misóginas que nos inoculan diariamente mientras pensamos que “sólo escuchamos música”. Historias en las que la mujer encuentra el sentido de su vida gracias a la aparición de un señor que las completa. Incluso hay temas que incitan a la cultura de la violación. Se oyeron esa noche joyitas musicales que basta con encender la radio para escucharlas, del tipo “Si me has tentado, no puedes dar marcha atrás” de Alejandro Sanz o “Sí, yo hago la comida. Sí, yo me ocupo de la limpieza (…) Sí, tú eres el jefe y te respeto” de David Guetta.

Paso al tercer incidente de la noche, que calificaré como atentado del terrorismo machista. Las palabras son profundamente importantes, describen la realidad, y no me gustaría pasar por alto la agresividad que se desprende de lo que allí sucedió. Según pasaban las horas y sumando las copas, algunos varones se sentían con mayor derecho a violentarnos con sus obscenas e indiscretas miradas. Así, como si fuéramos un objeto de carácter público del que todo el mundo pudiera hacer uso. La cosa empeoró cuando las miradas dieron paso a las palabras y tuvimos que escuchar las valoraciones que algunos individuos hacían de nuestras personas, cómo si nos importara, cómo si alguna hubiésemos preguntado su opinión. El momento crítico llegó cuando un chico al que no conocíamos de nada decidió hacer uso “del derecho que le da su testosterona” para tocar físicamente a una de mis amigas. Quizás recordó a Maluma cantando “Estoy enamorado de cuatro babies, siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo”. ¿Cómo se supone que debemos enfrentarnos a estas situaciones? Nos fuimos. Habíamos tenido suficiente “fiesta” por esa noche.

Sé que no soy solo yo y que lo que sucede, aún siendo habitual, no debería ser normal. Pero a veces me siento como niño del Sexto Sentido con sus fantasmas. En mi caso, por las noches veo mucho machismo.

Publicado en Diario16.com

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