Me gustaría dedicar esta columna a hacer balance del verano y animarles para el curso que empieza, pero dénse todos por besados porque no tengo tiempo para eso. He dicho muchas veces que soy partidaria del derecho a decidir. Me he manifestado aún con más insistencia a favor del referéndum legal que la política del PP ha hecho imposible. He criticado sin pausa la soberbia, la miopía, la torpeza de un gobierno que ha actuado como un bombero pirómano, regando gasolina sobre el incendio. Hoy pienso lo mismo que entonces, pero eso no me impide seguir pensando. Por eso no voy a detenerme en los reglamentos, en los procedimientos, en los escaños vacíos. Un referéndum sin garantías no es un acto democrático. Una consulta sin reglas, sin un mínimo de participación pactado previamente, sin una mayoría significativa establecida por consenso, no representa a la soberanía popular por mucha gente que vaya a votar. No es ni siquiera una cuestión de legalidad, sino de la legitimidad democrática de la que, de momento, carece el 1 de octubre. Porque, en sí mismas, las urnas no son ni buenas ni malas. A lo largo de la Historia muchas veces han sido pésimas y, en esas ocasiones, la postura de los demócratas fue la abstención. El proceso catalán se ha envenenado tanto que mucha gente se posiciona ideológicamente a favor o en contra del referéndum, sin reparar en el carácter peyorativo del término plebiscito en la cultura política española. Pero sin democracia no hay izquierdas ni derechas. Y sin reglas, no hay democracia.

Publicado en CadenaSer.com

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