Cada día que pasa se hace más evidente que a los políticos soberanistas les importa sobre todo su supervivencia política, una actitud que me da pena, me da rabia, y sobre todo, me da vergüenza

Bajo el implacable sol de este verano el proceso soberanista catalán aparece envuelta en una mustia luz crepuscular. Lejos de la crujiente ternura de lo que está por venir, el 1 de octubre se perfila como una flor prematuramente ajada, uno de esos capullos que se secará antes de abrirse. Mientras los partidos independentistas se preparan para unas elecciones autonómicas que dan por descontadas en privado, aunque le cueste en el cargo a quien se atreve a reconocerlas en público, los acontecimientos evolucionan en una dirección progresivamente catastrófica.

Pero entre todo lo que está pasando nada me asombra tanto como la impasibilidad del gobierno de Puigdemont frente a la degradación cotidiana de su propio ideal. Porque la insistencia en celebrar una consulta presuntamente vinculanteen estas condiciones, sin reconocer un mínimo de participación y establecer otras elementales de garantías democráticas, mientras las encuestas advierten que no existe mayoría social y los expertos dictaminan que tampoco hay doctrina del derecho internacional a la que agarrarse, perjudicará más a la causa independentista que a sus líderes.

Publicado en CadenaSer.com

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