o la duda de si el ataque de Estados Unidos contra una base militar siria, en la madrugada del 8 de abril, responde a la decisión de “castigar” al Gobierno de Bachar el Asad por el supuesto bombardeo con armas químicas de la localidad de Jan Sheijen o más bien al deseo-necesidad de Donald Trump de mostrarse “mejor”, más firme, más expeditivo, más americano, ¿más macho?, que Barak Obama. América, léase Estados Unidos, léase su presidente, no necesita pedir permiso a nadie, menos aún a Naciones Unidas, para golpear dónde, cuándo y cómo le parece oportuno. Ese es el mensaje. Algo por lo demás muy acorde con la tradición de Estados Unidos, que no acostumbra a detenerse en nimiedades, como conseguir algún tipo de respaldo legal de la ONU, a la hora de derrocar gobiernos, atacar, invadir, ocupar y destruir países, “solo o con la ayuda de otros”.

La idea del multilateralismo que Obama tímidamente trató de introducir en la política exterior estadounidense, no cuadra con su tradición imperial y menos aún con el estilo Trump. Quizá America First quiere decir América golpea primero. Y después pregunta.

El ataque se ha producido apenas una semana después de que la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, hubiera declarado que derrocar a Bachar el Asad ya no era objetivo de la política de su país en la zona.

Lo cual no debería sorprendernos pero sí inquietarnos. Puede significar un cambio radical de la política estadounidense en la guerra de Siria, o ser solo un gesto, más o menos impulsivo, algo así como el modelo Twitter aplicado a la guerra del señor presidente, que anda necesitado de aplausos. Y es más que probable que su popularidad, la más baja de un presidente estadounidense a menos de tres meses de mandato, haya subido notablemente después este ataque-sorpresa, saludado con entusiasmo por Reino Unido, Turquía, Arabia Saudí y por supuesto Israel, y con benévola compresión por Francia, Alemania, Holanda… En Siria, las fuerzas rebeldes, milicias islamistas vinculadas a Al Qaeda y al Estado Islámico incluidas, se han felicitado por el ataque. Y el señor Trump se ha mostrado muy satisfecho de que las “naciones civilizadas”, le hayan respaldado. Todos contentos y la moral en alto.

¿Y qué pasa con Rusia? Al parecer las autoridades rusas fueron avisadas para que pudieran evacuar a su personal de la base de Shayrat antes de que 59 misiles Tomahawk lanzados desde un destructor que por cierto tiene su base en Rota, la destruyeran totalmente. Hay sin embargo, según fuentes de Damasco, en torno a una veintena de víctimas, nueve de ellas civiles. Daños colaterales.

“Ha sido una violación obscena del derecho internacional”, ha dicho el ministro de exteriores ruso Andrei Lavrov. Y me parece bien elegido el término. Hay algo bastante obsceno en el hecho de que el mismo país que llevó a cabo la más atroz operación militar del nuevo siglo: la invasión y destrucción de todo un país, Irak, justificándola en una mentira, el mismo país que tuvo que reconocer, porque la evidencia era abrumadora, el uso de armas prohibidas como el fósforo blanco en su asalto a la ciudad iraquí de Faluya, el mismo país que hace unas semanas reconoció que sus bombardeos sobre Mosul habían matado a cientos de civiles, se erija ahora en justiciero-castigador del régimen sirio.

Además, ¿dónde están las pruebas de que ha sido el gobierno de Damasco quien ha empleado armas químicas? A las pocas horas del ataque, la canciller alemana, Angela Merkel, afirmó que aunque no tenían ninguna prueba de que el uso del gas fuese obra del ejército sirio “era muy plausible que así fuese”. La otra versión, la que sostienen Rusia y el gobierno sirio, dice que el gas sarín estaba en tierra, almacenado en grandes cantidades por alguna o varias de las milicias islamistas de la ciudad y no en las bombas lanzadas por la aviación siria. Parece que esta versión es menos “plausible” que la que sostienen las llamadas, en boca de Trump, naciones civilizadas.

Al parecer es más plausible que el Gobierno de Damasco, cuando el curso de la guerra le es más favorable y la idea de que Bachar el Asad debe abandonar el poder deja de ser condición previa a cualquier acuerdo y hasta Estados Unidos lo declara así, en ese momento en que todo parece ir a su favor, decide lanzar un ataque con gas sarín que sabe que provocará una reacción internacional en su contra y dará al traste con lo que hasta el momento había logrado. Por mucho que la señora Merkel lo diga, no creo que esta versión sea muy plausible.

Y hay una pregunta obligada. ¿Por qué tanta prisa en acusar y atacar? ¿Por qué no se ha querido que un equipo de expertos lleve a cabo una investigación independiente? Me gustaría decir que no hay respuesta para esa pregunta. Pero sí la hay. Y es descorazonadora.

Publicado en InfoLibre.es

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