En el Campo de Refugiados ha empezado a llover. Por detrás de las alambradas se oye a los perros ladrar en los camiones. Los soldados turcos dejan las marcas de sus huellas en la tierra húmeda.

La lluvia que suaviza el calor trae también el barro. Las nubes parecen detenidas, no pueden seguir adelante, no van a llegar a Europa, se deshacen sobre el Campo de Refugiados.
Más vale no pensar, no decir ayer o mañana, no sentir. Más vale no esperar.
Las leyes se han quedado sin idioma. Las letras no pueden componer un argumento.

Hay muchos ojos que miran la lluvia, y oyen la lluvia, y oyen las ruedas, y oyen cada vez más apagado el ladrido de los perros.

Los ojos de la niña huérfana que perdió a su madre en el mar. Huían de la violencia de la guerra, pero sufrieron las condiciones de un viaje asesino y de unas leyes con espinas.

Los ojos del viudo que dejó el cadáver de su mujer en una ciudad desconocida.

Los ojos de la anciana que teje un pañuelo de pérdidas en su memoria. Tanto pensar en el porvenir, tanto trabajo, y todo se ha ido por un hueco de un televisor. Todo es frágil y sucio como el agua de un charco. Una casa, una ciudad, un país, una idea del tiempo.

¿Qué queda después del fracaso de los tratados, después del óxido de las razones? ¿Quién escribe? ¿Quién edifica algo que no vaya a desaparecer en las uñas del mono?

De pronto sale una pareja y se pone a caminar a través de la lluvia y de la noche en el Campo de Refugiados. Los dos se paran en la plaza que conforman las tiendas. Se miran a los ojos y empiezan a desnudarse.

Merece la pena buscar el desnudo, recordar el cuerpo que somos.

Ella se quita el impermeable, la camisa, la falda, la ropa interior. Siente que el cielo se rompe sobre sus hombros.

Él se quita la chaqueta, los pantalones sucios, los zapatos mojados. Siente que la tierra se abre bajo las plantas de sus pies.

Ahí están los cuerpos. Sus desnudos cruzan los siglos, los mares, los documentos, las fronteras, la palabra civilización, los aniversarios y ese trueno que alarma a los vigilantes y a las víctimas en el Campo de Refugiados.

Sus desnudos cruzan todas las constituciones, todos los altares, todos los sentimientos de concordia, todas las mentiras, todas las culturas, todo el arte abstracto y todas las sastrerías que han cortado trajes y uniformes para ocultar el sexo.

Sus desnudos llegan hasta el origen del mundo y se ponen a llorar.

Hay muchos ojos que miran. Los ojos del enfermo, de la madre recién parida y de los policías de guardia. Los ojos ciegos de la Historia.

Sobre la piel del hombre y la mujer arde la luz de un reflector.

Publicado en InfoLbre.es

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